ramal: católico apostólico romano.

martes, 27 de octubre de 2009

LA HISTORIA DEL CERRO CHAMPAQUÍ




Yo escalé el Cerro Champaquí y alguna vez escuché una historia sobre las excursiones que se realizaban; más allá de las colegiales como viaje de integración, supervivencia y experiencias grupales en la naturaleza. Pero no recordaba bien la historia auténtica, hasta que el Padre Sebastián (Sacerdote de la Medalla Milagrosa de Rosario), en la Peregrinación a San Nicolás, me la contó. Hoy lo ví y recordé la historia que me parece linda compartirla. Además ahora podemos saber bien las fuentes de ciertas cosas que la gente hace, a veces, sin conocer el empujón principal que dio origen a tal tradición, lugar o historia.

La Historia de Ovidio
Escribe Fabián Viegas*

Los que estuvimos en las sierras, escalamos el Champaquí o disfrutamos serenamente de sus paisajes, sentimos algo especial. Nos vimos muy cerca de Dios, cualquiera sea nuestra Fe, vibramos en la misma sintonía que el creador de toda esa belleza.
Pero, un joven santafesino, Ovidio Kees, se encontró con Dios de forma única, cercana y espectacular.
Este muchacho buscó a Dios desde chico, seguramente con la misma inocencia que cada uno de nosotros lo hicimos en algún momento de la infancia y que los avatares de la vida nos hizo perder, encerrados en montes de cemento y en urgencia citadina.
Ovidio veía a Dios en cada hermano y por eso quiso consagrarse a Él.
Estaba formándose para sacerdote en el Seminario San Carlos Borromeo de la arquidiócesis de Rosario. Veía que Dios lo llamaba a formar parte de su grupo de apóstoles. Cursaba el 3º año de filosofía y como todo ser humano tenía dudas, temores, a veces se sentía abandonado, creía no dar más.
Corrían los dias del mes de julio de 1980 y estaba contento porque viviría dos experiencias muy lindas, el ascenso al cerro Champaquí en Córdoba y un retiro con los Monjes Benedictinos de los Toldos, Pcia de Bs As.
Así lo contaba en esta carta:

“ Te aseguro que nunca fui tan feliz. Sinceramente me siento pleno y solo tengo un ansia, la de enamorarme más y más de Dios.
Susana, a veces me pongo a pensar que estuve al borde de salir del seminario a principios de este año...
...Pero además para las vacaciones, por si fuera poco, Él , el Padre, me hizo dos preciosos regalos. Uno es escalar el Champaquí, es algo extraordinario la experiencia de montaña....
...Sólo te digo que en la montaña, en esa inmensa soledad, lo ves y lo respirás a Dios en todo.
Además hay otro regalo Susana, el 21, 22, 23 de Julio voy al monasterio Benedictino de Los Toldos.
Susana, tengo una felicidad muy grande, es un regalo inmenso de Dios el que pueda ir al monasterio.
Querida Susana, desde ya te pido que reces especialmente por estos días que voy a vivir en la montaña y en el monasterio. Te pido que reces para que todo esto me sirva para enamorarme más y más de Dios".

Ese mes de julio, unos jóvenes de la parroquia, algunos seminaristas y el sacerdote como guía emprendieron la subida al Champaquí. Ovidio iba cerrando el grupo, cuidando a los mas rezagados. Al atardecer llegaron e hicieron noche en el parador de “La Nena” justo al pie del cerro, en ese valle donde se encuentra la escuela, un centro hospitalario, la capilla y otros puestos de refugio a los caminantes. Luego de celebrar la misa, Ovidio se quedó frente al sagrario.
Al día siguiente comenzaron la marcha temprano para llegar a la cumbre. Fue difícil, doloroso, pero llegaron todos juntos animándose mutuamente. Algunos lloraban agradeciendo al Señor que les hubiera hablado en su sacrificio. ¡Por fin la cima! Y fue el lugar elegido para celebrar la misa.
Luego bajaron nuevamente al puesto de la Nena y al otro día, aprovechando la presencia del cura, se celebraron las primeras comuniones de los niños serranos. El resto del grupo comenzó el retiro previsto, así que después del mate cocido partieron hacia la montaña, muy temprano hasta el mediodía.
Ovidio dijo que iba a tomar mate y orar un poco, para volver a comer el asado, pero no lo hizo a la hora que prometió.

Había partido para internarse en el secreto de la montaña intuyendo que en ella se escondía un tesoro inapacible desde toda la eternidad y que Dios había decidido dárselo, precisamente en ese momento. Cuando lo encontraron volvió en silencio y confesó con sencillez:

- El viento golpeaba mi rostro, haciéndome sentir identificado con la naturaleza y en ese momento hermano, sentí como Dios me besaba.

Estaba sereno, serio y le dijo a la Nena:

“ Te cuento algo importante: encontré una cuevita, que tenía un agujero como una ventana. Yo estaba hincado, por esa ventana que hay, entraba el sol y aquí – señalando la mejilla – Me dio un beso Dios”.

Siguió explicando que por esa abertura triangular se veía la punta del cerro, mostraba un puñado de piedritas que había traído.

Un poco después, por la noche, lo repetiría a los integrantes del grupo mientras se compartían los testimonios personales. Nadie se sintió impactado y él les dijo que la había pasado muy bien con ellos. Se hizo silencio y alguien emitió una sentencia -Che, recordá que los que vieron a Dios en la historia de los Santos, no pudieron seguir viviendo!-

Desde entonces los acontecimientos se sucedieron en forma asombrosa.

Pasado poco más de un mes la cueva de Ovidio fue hallada, cuando salieron en su búsqueda un cuñado y quien fuera su asesor espiritual, los que ya muy cansados de andar se abandonaron en manos de la Providencia. Y pasando una cascada, dos ramas de tabaquillo, cayeron en cruz. Este hecho sorprendente les hizo elevar la mirada hacia lo alto. Allí a unos 30 metros, la cueva apareció ante sus ojos. Es un alero de piedra, cuya abertura principal mira al poniente, a su izquierda estaba la ventanita... ¡Ésa era!

Ellos colocaron una placa recordatoria que decía:

Sentí como Dios me besaba.
Aquí, Ovidio, tuvo uno de sus últimos encuentros con Dios.
Julio 1980.

Ya, en su ciudad, los familiares y amigos vieron a un Ovidio totalmente renovado... Le había pedido a su mamá que le arregle el poncho para ir al retiro con los monjes, el mismo poncho que lo acompañó a todos lados, compartió con él decisiones importantes, experiencias y era ya, parte de su vida.
Llegando al monasterio pidió hablar con el P. Mamerto Menapace, quien en breve tiempo sería consagrado Abad con apenas 38 años (luego reelegido por otros dos períodos más). También conversó con él, el día de su regreso a Santa Fe. Quiso dejarle como regalo su poncho rojo, sabiendo que eso le costaba mucho por lo que significaba Su poncho en particular. Ovidio insistió en que lo acepte, porque sabía muy bien Que “solo llegan a ser nuestras las cosas que damos”, sólo eso nos llevamos a la otra vida.
Después diría Ovidio: “Ahora sé que el poncho es más mío que nunca”. Así lo decía en una carta:


“Te cuento también otra experiencia íntima ¿te acordás de mi poncho rojo? Fue signo de todo lo que viví en esos días y de lo que Cristo me pidió: Renuncia sin tregua y alegre. ¡Qué hermoso signo Nely! Dejá que te cuente... Tenía siempre un cariño muy grande por ese poncho, juntos pasamos muchos fríos y “fríos”. ¡Cuántas lágrimas han caído en el poncho! Por mis dolores pasados ó también de alegría. Por eso lo quería. Estaba todo el día conmigo, hasta de noche me tapaba con él. Me dolió mucho por todo eso, pero se lo dejé a Mamerto para algún indio que él atiende. Creeme que sufrí al volver sin el poncho, pero cuando hace frío me acuerdo de mi poncho fiel! Y sé que está abrigando a un hombre.
El poncho es ahora más mío que cuando lo tenía y es más mío porque lo entregué! Lo quiero más que antes pero ese cariño que me une a él, es completamente libre. ¡Qué hermosa parábola para nuestra renuncia por el Evangelio! Como dice Mamerto, las cosas son nuestras cuando las entregamos...”

El monje le pidió, acordate de rezar por mí para que pueda cumplir bien mi tarea de dirigir mi comunidad. Ya en el seminario, al poco tiempo de regresar del Monasterio, aumentaron los dolores que venían preocupándolo. Se le declaró una aneurisma que lo dejó en un coma profundo y luego falleció. Esto pasó en el mismo día y horario en que el Padre Menapace fuera consagrado abad de su comunidad.


Un compañero le dedico estos versos:

Miércoles 6, cuando la muerte fue un paso a la vida.
¡Qué día más hermoso! No había otro mejor.
¡Qué día más hermoso! El que te llevó el Señor.
Subiste a la montaña, lo viste allí brillar,
Se transformó en tus ojos,
Lo quisieron alcanzar.
Tu alma, en un suspiro,
Anhelaste transformar,
Y remontaste vuelo, aún sin saber volar.
Te fuiste con tu Pablo,
el Papa de la paz,
elegiste su día, no quisiste esperar.
Agosto era un comienzo,
Y en vos la primavera quería estallar,
Por eso, sin pensarlo nos regalaste tu flor,
La flor de tu recuerdo, fiel caricia fraternal.
Con Cristo estás seguro, en diálogo de amor
Refulge tu figura en el monte Tabor,
De tanto subir cerros buscando Su Candor.
Has llegado a la meta en un Champaquí mejor.
Has descubierto la gloria, has aprendido el Amor,
No necesitas tu tienda, pues te cobija el Señor.
Ovidio, querido hermano,
Transfigura en nosotros,
Ese espíritu de amor,
Camina a nuestro lado, silencia el corazón,
Que tu alma nos proclame
La eternidad del Señor,
La unidad de su palabra,
La caridad y la fe,
La esperanza de un encuentro
Dónde no se oculta el sol,
dónde brillas ahora amigo
en un rayo de esplendor.
Buscaremos el Encuentro,
como Pablo, como vos,
Ojalá Él nos espere
En otro monte mejor.

El Padre Menapace dió el poncho de Ovidio a unas monjas de clausura de Curitiba, Brasil para que lo coloquen sobre el altar. Y al mes escribiría un relato sobre Ovidio, su paso por el monasterio y el gesto de donar su poncho, como donó su vida. El relato fue publicado más tarde, en 1982, en un querido y famoso libro para muchos, que se llama Madera Verde (por los chicos que fueron a la Guerra de Malvinas). Tuve oportunidad de conocer personalmente al Padre Menapace y realmente es cierto lo que dejó escrito Ovidio “Charlas un ratito con él y parece que lo conocieras de toda la vida”.
Pero... por qué Ovidio tuvo este encuentro especial con Dios, por qué le hizo este regalo? Puede quedar todo en una linda anécdota y nada más. Nunca vamos a saber exactamente por qué, pero sí podemos suponer que Ovidio cumplió con su misión y la sigue cumpliendo porque perdura en el tiempo. Toda su vida es un ejemplo y sirve a los demas como modelo, porque en su gran generosidad de dar su poncho por los demás, nos dió su vida. Es así que sigue ayudando a sus hermanos en Cristo. Tanto las hermanas de Curitiba, como sus familiares amigos, son testigos de milagrosas intercesiones de Ovidio.
Quien dejó siempre en vida todo su amor y es lo que se sigue llevando, el amor de todos sus conocidos y de todos los que vamos conociéndolo.


El poncho de Ovidio
Agosto de 1980

Aquí mismo, en esta celda donde escribo, no hace todavía un mes, Ovidio me insistía en que le escribiera un artículo para “su Revista”. Podía ser sobre la Vírgen. El tema en sí no aparecía como importante. Parecía como que lo importante fuera un mensaje que Ovidio intuía como fundamental y que él quería, a toda costa, que yo se lo pusiera por escrito.
¿Cómo me iba a imaginar que sería él mismo quien en ese momento me estaba dando el tema profundo para este artículo?
Tuve que sacrificar la siesta. Reconozco con lealtad que me costó mucho hacerlo. Caminamos media hora a pleno sol. Me comentó lo que traía por dentro. Llevaba encima un lindo poncho rojo. Llevaba por dentro un corazón ansioso y apasionado. Estaba en esa edad fuerte en que todo el ser tira violentamente hacia la vida, mientras el Señor Dios invita obstinadamente hacia la renuncia.
Amaba. Sí, amaba y sufría por amar. Siempre el que arriesga a amar, se compromete a sufrir. Estaba en ese momento de la vida en que se toca la frontera del todo o nada. Elegir es renunciar. Un SÍ en la vida trae acollarada una tropilla de NO. Decir que NO a algo es relativamente fácil, porque nos deja el campo abierto para poderle decir SÍ, todavía a todo lo demás. Mientras que decir a algo que Sí, nos embreta necesariamente a decirle que NO a todo el resto. Contiene muchos más NO un SÍ, que un NO.
En fin, de todo esto hablamos en aquella siesta de invierno, bordeando un grupo de frutales sin hojas pero con toda la savia agazapada dentro. El sol tibio del sur nos mojaba desde arriba, empapando de luz su poncho rojo y mi sotana negra.
Ovidio se sentía pobre. Pobre y generoso. El Señor Dios le había cantado la Falta envido y él ni siquiera tenía dos cartas del mismo palo. Y sin embargo, tanto el cura Gamba como yo, nos veíamos obligados a decirle que lo único razonable cuando se juega contra Dios es decirle siempre: "¡Quiero!".
Luchó el flaco. Lo he visto levantarse los tres días a las cuatro de la mañana. Para compartir nuestra primera hora de oración diaria. Hacía frío y el poncho rojo le entibiaba la ristra de salmos del amanecer. Lo he visto en la capilla, peleándolo al Señor Dios en la oración. Lo dejé un poco sólo. Es la vieja treta de los monjes: poner bruscamente al joven en un frente a frente con Dios y después apadrinarlo, desde lejos, con la oración y el silencio atento al oleaje que provoca la tormenta interior.
Como dije, hablé con él apenas media hora. Aunque sería mejor decir que fue él quien habló conmigo, porque casi no hice más que escucharlo.
La tarde que regresaba me pidió de nuevo cinco minutos. Era nuevamente la fatal hora de la siesta. Le dije que si eran verdaderamente cinco minutos, entonces SÍ; pero más, no. Y charlamos otra media hora. Lo hicimos en parte frente a un grabador.
Al terminar nuestra charla me dijo que lo esperara mientras iba a buscar algo. Regresó enseguida muy excitado, con el poncho rojo doblado en ocho sobre el brazo. En la otra mano traía el pulóver. Hacía frío. Entró directamente en tema:

Mirá: dinero no tengo para dejarte. Pero Dios me está pidiendo algo que tengo que dejar.
Por eso te entrego mi pulóver para que se lo des a algún pobre.

Me extrañó el gesto, aunque en los jóvenes es frecuente ver estas corazonadas lindas. Pero la cosa siguió. Le tembló un poco la voz:

Mirá: falta lo principal. Te dejo mi poncho.

¡Ah, no!. Eso no. No me parecía razonable. Sabía que él necesitaría su poncho. Por experiencia de mis años de estudiante sabía lo poco que vale un seminarista sin su equipo de mate y sin poncho. Se lo dije y traté de insistir. Casi conseguí que desistiera. Hubo un momento ene el que flaqueó. Pero en su mirada ansiosa había algo que me impresionó. Algo así como una decisión dolorosamente asumida e irrevocable. Un para siempre. En éstos últimos años he visto ya varias veces ese relámpago en la mirada de algunos jóvenes con misterio espeso. Es una mirada en la que hay algo que implora desde su inquebrantable impotencia que se tenga fe en su misterio.
Y le acepté su poncho rojo. Un magnífico poncho rojo. Pero lo vi tan desguarecido que le regalé como recuerdo una mantita nueva que recién me habían obsequiado. Nos dimos un abrazo, me pidió la bendición y partió. Esa misma tarde entregué el poncho rojo a un par de monjitas contemplativas Brasileñas que nos visitaban, para que lo llevaran como cubrealtar a la humilde capillita de su monasterio ubicado en un barrio pobre de la ciudad de Curitiba.
Intuía que todo esto tenía carozo por dentro. Pero nunca hubiera creído que antes de pasar el mes se me revelaría el misterio oculto en estos gestos. El 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor Jesús, a la misma hora en que yo era bendecido Abad de mi monasterio, Ovidio partía hacia el cielo, dejando aquí abajo su cascarón de barro para la ternura de los suyos: rastrojo fecundo de una cosecha ya segura.
¡Cómo es cierto que sólo llegan a ser plenamente nuestras las cosas que dejamos por entregarlas! Cuando nos morimos, dejamos aquí todo lo que tenemos y nos llevamos lo que dimos.
Algún día espero también yo llegar al cielo. Me va a ser fácil encontrarlo a Ovidio para darle nuevamente un abrazo. Se lo distinguirá por su magnífico poncho rojo que cubre el altar dónde cada día se celebra la Eucaristía en una comunidad contemplativa aquerenciada entre los pobres de Curitiba.
Muchachos santafesinos: en el Seminario ha quedado libre un puesto de combate. El que tenga un corazón apasionado... y un poncho rojo: ¡que se le anime!

Mamerto Menapace.
Los Toldos

* En febrero de 2006 tuve la oportunidad de ir al Champaquí, algo que hace mucho tenía pendiente en mi vida. Pero allá me encontré con una sorpresa, un relato que traía a mi mente recuerdos gratos de mi adolescencia. Cuando volví busque en mi libro el relato que hace tanto había leído y sólo me acordaba del título (se transcribe al final) pero eso no era todo, era sólo una parte de la historia, la otra parte me quedaba en el aire. Fue así que me comuniqué con Mamerto Menapace que sabía sobre lo que yo escuché, en medio de ese maravilloso paisaje que invita a conocer a dios en cada paso. Él me mandó un articulo de 32 paginas, escrito por la Sra. Celia María Vielba en el 2003 con todos los detalles, pero también con mucha prudencia y acepté la invitación de Miguel, de hacer un pequeño resumen para que todos puedan conocer este hecho que mueve los corazones. Fabián Viegas

ALTO RUMBO - TURISMO ALTERNATIVO

Legajos: 0260-007020/2004 (Coranti) - 0260-007110/2004 (Bearzotti)
Registro Provincial de Prestadores de Servicios de Turismo Alternativo
AGENCIA CÓRDOBA D.A.C. y T. - GOBIERNO DE CÓRDOBA

Miembros Fundadores de A.P.T.A.C.
(Asociación de Prestadores de Turismo Alternativo Córdoba)


"La Fe Mueve Montañas"
una royal, kandy misión de fe y amor.
sabri

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UNESCO

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SAN JOSÉ OBRERO

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JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

Nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, sur de Polonia. Su familia estaba conformada por su padre Karol Wojtyla, un militar del ejército austro-húngaro, su madre, Emilia Kaczorowsky, una joven sileciana de origen lituano, y un hermano adolescente de nombre Edmund.
Los padres de Karol Wojtyla lo bautizaron a los pocos días de nacer en la iglesia de Santa María de Wadowice. A los 9 años de edad recibió un duro golpe: el fallecimiento de su madre al dar a luz a una niña que murió antes de nacer. Años más tarde falleció su hermano y en 1941 murió su padre.
De joven, el futuro Pontífice mostró una gran inquietud por el teatro y las artes literarias polacas tan grande que aún en el colegio pensaba seriamente en la posibilidad de continuar estudios de filología y lingüística polaca. Sin embargo, un encuentro con el Cardenal Sapieha durante una visita pastoral, le hizo considerar seriamente la posibilidad de seguir la vocación que tenía impresa -entonces aún sin develarse plenamente- en el corazón: el sacerdocio.
Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, los alemanes cerraron todas las universidades de Polonia con el objetivo de invadir no sólo el territorio sino también la cultura polaca. Frente a esta situación, Karol Wojtyla con un grupo de jóvenes organizaron una universidad clandestina en donde estudió filosofía, idiomas y literatura. Poco antes de decidir su ingreso al seminario, el joven Karol tuvo que trabajar arduamente como obrero en una cantera. Según relata el hoy Pontífice, esta experiencia le ayudó a conocer de cerca el cansancio físico, así como la sencillez, sensatez y fervor religioso de los trabajadores y los pobres.
En 1942 ingresó al Departamento Teológico de la Universidad Jaguelloniana. Durante estos años tuvo que vivir oculto, junto con otros seminaristas, quienes fueron acogidos por el Cardenal de Cracovia.
El 1 de noviembre de 1946, a la edad de 26 años, Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote en el Seminario Mayor de Cracovia y celebró su primera misa en la Cripta de San Leonardo en la Catedral de Wavel. Al poco tiempo obtuvo la licenciatura de Teología en la Universidad Pontificia de Roma Angelicum y más adelante se doctoró en Filosofía. Durante algún tiempo se desempeñó como profesor de Ética en la Universidad Católica de Dublin y en la Universidad Estatal de Cracovia, donde interactuó con importantes representantes del pensamiento católico polaco, especialmente de la vertiente conocida como "tomismo lublinense".
El 23 de setiembre de 1958 fue consagrado Obispo Auxiliar del Administrador Apostólico de Cracovia, Monseñor Baziak, convirtiéndose en el miembro más joven del episcopado polaco. Asistió al Concilio Vaticano II, donde participó activamente, especialmente en las comisiones responsables de elaborar la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium y la Constitución pastoral Gaudium et Spes. Durante estos años, el entonces Obispo Wojtyla combinaba la producción teológica con una intensa labor apostólica, especialmente con los jóvenes, con quienes compartía tanto momentos de reflexión y oración como espacios de distracción y aventura al aire libre.
El 13 de enero de 1964 falleció Monseñor Baziak por lo que el obispo Wojtyla ocupa la sede de Cracovia como titular. Dos años después, el Papa Pablo VI convierte a Cracovia en Arquidiócesis. Durante su labor como Arzobispo, el futuro Papa se caracterizó por la integración de los laicos en las tareas pastorales, la promoción del apostolado juvenil y vocacional, la construcción de templos a pesar de la fuerte oposición del régimen comunista, la promoción humana y formación religiosa de los obreros y el aliento del pensamiento y las publicaciones católicas.
En junio de 1967, a los 47 años de edad, el Arzobispo Wojtyla fue creado Cardenal por el Papa Pablo VI. En 1974, el nuevo Purpurado ordenó a 43 nuevos presbíteros, en la ordenación sacerdotal más numerosa desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
En 1978 muere Pablo VI y es elegido nuevo Papa el Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani, de 65 años, quien tomó el nombre de Juan Pablo I. El "Papa de la Sonrisa", sin embargo, fallece a los 33 días de su nombramiento. El 16 de octubre de 1978, luego de un nuevo Cónclave, el Cardenal polaco Karol Wojtyla es elegido como el sucesor de San Pedro, rompiendo con la tradición de más de 400 años de elegir Papas de origen italiano. El 22 de octubre de 1978 fue investido como Sumo Pontífice asumiendo el nombre de Juan Pablo II.

JUAN PABLO II EN ARGENTINA

Visitas de Juan Pablo II a la Argentina
Primera visita: 11 y 12 de junio de 1982
El 2 de abril de 1982 la Argentina recupera las Islas Malvinas, lo que desencadena la reacción británica y sobreviene la guerra entre la Argentina y el Reino Unido. En esos días se conoce la noticia de que el 28 de mayo el Papa haría una visita apostólica a Gran Bretaña, largamente preparada. Es entonces cuando Juan Pablo II, con paternal delicadeza, decide efectuar fuera de todo programa y sin preparación alguna, una visita fugaz a la Argentina. Inmediatamente escribe una carta a los argentinos fechada el 25 de mayo, que comenzaba diciendo: «A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina: Os escribo por mi propia mano porque siento que debo repetir el gesto paternal del Apóstol Pablo hacia sus hijos, abrazándolos en la fe». El Sumo Pontífice expresó que su viaje a la Argentina era eminentemente pastoral. «Mi viaje a la capital argentina –dijo– es un viaje de amor, de esperanza y de buena voluntad, de un Padre que va al encuentro de los hijos que sufren».
Esta visita constituyó, según opinión de numerosos y caracterizados testigos argentinos y extranjeros, un «acontecimiento nunca visto en el país» y «tal vez la mayor concentración de gente que haya recibido el Papa en sus trece visitas hasta el presente».
11 de junio
A las 8.50 aterrizó en el aeropuerto internacional de Ezeiza el avión que conducía a Juan Pablo II. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu y el nuncio apostólico, monseñor Ubaldo Calabresi, subieron a la aeronave a dar la bienvenida al Papa. Luego de besar el suelo argentino, el Santo Padre fue recibido por el Presidente de la Nación, General Leopoldo Fortunato Galtieri y por autoridades civiles y militares. Durante los 40 kilómentros de su viaje hacia la catedral de Buenos Aires por las autopistas Ricchieri y 25 de Mayo, miles de personas, a pesar del crudo tiempo invernal, saludaban con desbordante entusiasmo al Santo Padre, que respondía visiblemente emocionado a los saludos de la multitud.
En la catedral metropolitana lo esperaban sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y miembros de movimientos eclesiales, junto con los obispos argentinos y presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica. Luego de orar ante el Santísimo Sacramento, pronunció un alocución e impartió la bendición a los presentes.
En la Casa Rosada, fue recibido por el Presidente y tuvo un encuentro con los miembros de la Junta Militar. Luego pasó a la capilla de la Casa de Gobierno donde oró unos momentos. Antes de retirarse el Santo Padre se asomó al balcón para saludar a la inmensa muchedumbre que colmaba la Plaza de Mayo.
Poco después de las 14 el Santo Padre inició su viaje a Luján, distante 70 kilómetros de Buenos Aires. En la Basílica Nacional, ante la imagen de la Patrona de la Argentina, Juan Pablo II oró por la paz, luego le ofreció a la histórica imagen la «Rosa de Oro» que le había traído desde Roma. Concelebró la Misa con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes, ante una multitud calculada en una cifra cercana a las 700.000 personas. Juan Pablo II pronunció una homilía en la que exhortó a imitar a Cristo, pidió por los muertos en la guerra con Gran Bretaña y por la rápida terminación del conflicto.
Sábado 12
El Santo Padre comenzó la jornada trasladándose a la Curia Metropolitana donde tuvo un encuentro con los cardenales y obispos argentinos, los presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica y los miembros directivos del CELAM. Luego de orar en la capilla de la Curia, comenzó su reunión con los obispos, a los que le dirigió un mensaje a puertas cerradas.
Luego de saludar a la multitud desde los balcones de la Curia arzobispal se dirigió en «papamóvil» hasta Palermo, donde junto al Monumento de los Españoles se había levantado un gigantesco altar cubierto en el que se concelebró la Santa Misa ante una inmensa multitud, en su mayoría jóvenes. Durante su homilía se refirió a la celebración del Corpus Christi, habló a los jóvenes argentinos, pidió por la paz y recordó a los muertos y heridos en la guerra de las Malvinas.
Finalizada la misa, nuevamente con la repetición de un mismo espectáculo, abigarradas y entusiastas multitudes aplaudieron y vitorearon el paso del Papa por las calles de Buenos y por las autopistas que lo condujeron al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Después de una conversación a solas con el Presidente Galtieri, de unos 20 minutos, el Pontifície pronunció el discurso de despedida que concluyó con un «¡Hasta la vista!».
Segunda visita: 6 al 12 de abril de 1987
En 1987, durante la semana que se inició el lunes 6 y concluyó el domingo 12 de abril (Domingo de Ramos), la Argentina vivió uno de los acontecimientos más trascendentales de su historia religiosa: la segunda visita del Papa Juan Pablo II, que como maestro de la fe efectuó un recorrido por el país que abarcó 10 ciudades: Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.
Lunes 6 de abril
En el aeroparque Jorge Newbery, al que llegó a las 16, el Papa dijo que sentía una «profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina. Vuelvo ahora en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, como sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos».
Desde el aeropuerto se trasladó en Papamóvil a la catedral metropolitana, distante 8, donde dirigió un discurso al clero y al pueblo de Dios.
Desde la catedral se dirigió a la vecina Casa de Gobierno. El presidente Alfonsín, en un gesto excepcional, recibió al Papa al pie de la escalinata que da a la calle Rivadavia. Desde allí lo acompañó hasta su despacho, donde tuvieron una conversación privada. Durante la misma el primer mandatario obsequió a Su Santidad un rosario de un metro de largo, realizado en plata y rodocrocita. A continuación se dirigió al Salón Blanco para un encuentro con los dirigentes políticos, representantes de las dos cámaras legislativas, miembros del Poder judicial y ministros y secretarios de Estado.
Terminado el encuentro con las autoridades del país, Juan Pablo II se asomó al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gran multitud congregada en la plaza. Luego se dirigió en papamóvil a la Nunciatura Apostólica, donde tuvo un encuentro con los 65 jefes de misión del cuerpo diplomático.
Martes 7 de abril
Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 trasladándose a la ciudad de Bahía Blanca, donde fue recibido por unas 130.000 personas con el canto «Gracias, Juan Pablo», compuesto con motivo de esta visita por el músico local Walter Giménez. En su homilía trató sobre «la evangelización del mundo rural». La ofrenda de un gran cesto de trigo recordó la generosidad ubérrima de la pampa húmeda.
El próximo destino fue la ciudad de Viedma adonde llegó a las 13.30 para tener allí una celebración de la Palabra. El tema de la misma tuvo caracter misionero. El obispo de Viedma, monseñor Hesayne, dirigió al Pastor universal un saludo de bienvenida y el Romano Pontífice pronunció a su vez un discurso que tenía como tema central la «nueva evangelización».
Terminada la ceremonia, la comitiva papal volvió a tomar el avión para dirigirse al aeropuerto El Plumerillo, de Mendoza, a 1.012 kilómetros. El Papa llegó a las 16.45 y se trasladó hasta el sitio donde iba a tener lugar la celebración de la Palabra. Había unas 200.000 personas. El Papa fue recibido por un coro de 250 voces, que entonó «Tú eres Pedro», y luego siguió una canción de cuna polaca. El arzobispo de Mendoza, monseñor Candido Rubiolo, dirigió al Pontífice un discurso de salutación. A continuación hubo una plegaria por la paz, y luego el Padre Santo pronunció un discurso. Tanto la alocución papal como todos los textos litúrgicos, estuvieron centrados en el tema de la paz: esto tenía un especial significado, dada la posición geográfica de Mendoza, limítrofe con Chile. A las 19 Su Santidad se trasladó al aeropuerto y viajó a Córdoba, que dista de allí a 465 kilómetros, donde pasó la noche.
Miércoles 8 de abril
En Córdoba Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 de mañana, trasladándose a la catedral. Dentro del templo esperaban al Papa 300 enfermos e inválidos, que representaban a todos los enfermos del país. El Papa luego de adorar al Santísimo dirigió una alocución a los enfermos. Desde la catedral se dirigió en papamóvil al Área Material Córdoba, donde presidió la misa. Hubo palabras de bienvenida del arzobispo de Córdoba, cardenal Raúl F. Primatesta. A su vez el Papa en la homilía trató el tema de la familia.
Por la tarde se dirigió nuevamente al aeropuerto y subió al avión que lo llevó al aeropuerto Benjamín Matienzo, de Tucumán, ciudad que dista de Córdoba a 510 kilómetros. Fue recibido con gran entusiasmo por unas 80.000 personas, la mayoría de las cuales llegaron a pie desde la ciudad de San Miguel de Tucumán. El aeropuerto se había transformado en un enorme palco sobre el que se alzaba una gran cruz de hierro. El encuentro revistió la forma de celebración de la Palabra. El arzobispo local, monseñor Horacio Bózzoli, dio la bienvenida al Papa y luego él pronunció su homilía sobre el amor de los cristianos a su Patria.
Terminado el acto, la comitiva papal tomó el avión que lo trasladó a Salta, a 234 kilómetros. Desde el aeropuerto, el Papa fue al hipódromo de Limache, para tener un encuentro con los fieles de la arquidiócesis, encuentro que tenía como tema «El V centenario de la evangelización de América Latina», dado que la evangelización de la Argentina comenzó por estas latitudes. En la celebración estaban presentes más de 1.500 representantes de los indios quechuas, tobas, matacos y chiriguanos que vinieron desde distintos puntos. El arzobispo local, monseñor Moisés Julio Blanchoud, dio la bienvenida al Padre Santo y a su vez el Romano Pontífice pronunció una alocución referida al tema del encuentro. Una vez terminada la celebración, la comitiva papal entró en la ciudad. El Papa cenó y pernoctó en el arzobispado.
Jueves 9 de abril
Por la mañana, desde el arzobispado salteño se dirigió hacia la catedral para hacer una visita no prevista a las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro. Después de haberse detenido unos momentos para adorar al Santísimo, el Santo Padre habló a los presentes, invitándolos a reflexionar sobre el misterio de la redención.
Luego viajó a Corrientes, a 740 kilómetros de distancia, donde bajo una torrencial lluvia fue recibido y saludado por el arzobispo de Corrientes, monseñor F. Antonio Rossi. Para los 100.000 fieles que participaban era como si resplandeciese el sol, permanecieron quietos, en sus sitios, rezando con el Pontífice, sin preocuparse del auténtico río de agua que caía sobre sus cabezas. Fue un gran testimonio de fe y de amor. La misa concelebrada con los obispos del Nordeste Argentino estuvo dedicada al tema «La religiosidad popular y la piedad mariana en la nueva evangelización».
Por la tarde viajó a Paraná, que dista 510 kilómetros. Fue recibido por el arzobispo de Paraná, monseñor Estanislao Esteban Karlic y luego se dirigió a la explanada que hay al salir de la aeroestación. El encuentro tuvo como tema «El mundo y los inmigrantes», debido a la gran cantidad de inmigrantes que hay en la zona. Terminada la ceremonia religiosa, Juan Pablo II fue a pie hasta el avión, saludando a la gente, y partió rumbo al aeropuerto de Buenos Aires.
Al llegar de nuevo a la capital argentina se trasladó en papamóvil hasta la Nunciatura Apostólica. La gente se agolpaba en este lugar y aclamaba a Juan Pablo II, de suerte que tuvo que salir al balcón a saludar a la muchedumbre. Luego, en un salón de la Nunciatura, tuvo un encuentro con representantes de la comunidad judía en la Argentina.
Viernes 10 de abril
El viernes, a las 8.15, recorriendo en coche descubierto 18 kilómetros, se trasladó desde la Nunciatura Apostólica al estadio del club Vélez Sársfield, donde celebró la santa misa, dedicada a las personas consagradas y a los agentes de pastoral, aunque asistían también numerosos fieles: había unas 30.000 personas. Concelebraron con el Papa más de 2.000 sacerdotes y estaban presentes unos 1.700 seminaristas, 3.000 religiosas y 400 monjas de clausura.
Terminada la celebración eucarística, el Papa se dirigió en papamóvil a la catedral de los ucranios, donde saludó a los niños que vestían trajes típicos nacionales ucranios. En el interior había unas 1.000 personas. El eparca, monseñor Andrés Sapelak, dirigió al Papa un saludo y luego de la coronación del ícono de la Virgen de Prokov el Santo Padre dirigió una alocución a los ucranios. Luego nuevamente en papamóvil se dirigió a la Nunciatura.
Por la tarde fue al Mercado Central de Buenos Aires, donde unos 300.000 trabajadores lo saludaron con gran entusiasmo; el Papa bendijo una capilla erigida en el lugar en recuerdo de su vida, el obispo de San Justo, monseñor Rodolfo Bufano dirigió un saludo al Pontífice, quien pronunció un discurso sobre la evangelización del mundo del trabajo.
Desde ahí el Papa se trasladó directamente al estadio Luna Park, donde tuvo un encuentro con la comunidad polaca en la Argentina. Pronunció su discurso en polaco y, terminado el acto se dirigió a la Nunciatura donde por la noche transmitió por radio y televisión un mensaje a todos los presos del país.
Sábado 11 de abril
A las 8 de la mañana se dirigió al aeroparque rumbo a la ciudad de Rosario, a 204 kilómetros de Buenos Aires. El arzobispo de Rosario, monseñor Jorge M. López, le dió la bienvenida y la homilía papal tuvo como tema la «Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo». Finalizada la misa el Papa pronunció una plegaria en el Monumento a la Bandera.
Luego del almuerzo en la sede arzobispal voló a Buenos Aires. Cuando se inició el vuelo Su Santidad pidió al piloto que desviara la ruta, a fin de pasar, en vuelo rasante, sobre la Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján. Cuando la nave aérea sobrevolaba la ciudad de Luján, Juan Pablo II llamó a los cardenales Aramburu y Primatesta y juntos rezaron el Santo Rosario.
Desde el aeroparque se dirigió en papamóvil al estadio Luna Park para tener un encuentro con unos diez mil empresarios argentinos. Monseñor Italo Severino Di Stéfano, arzobispo de San Juan y presidente del Equipo Episcopal de Pastoral Social, dirigió al Santo Padre una bienvenida y por su parte el Papa pronunció un discurso a los empresarios.
A las 18, en la Nunciatura Apostólica, tuvo un encuentro con los representantes de la comunidad islámica en la Argentina. A la noche, la comitiva papal se dirigió en papamóvil a la avenida 9 de Julio, para el primer encuentro con los jóvenes presentes en Buenos Aires con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Una impresionante multitud de jóvenes (unos 60.000 eran los no argentinos provenientes de las más diversas partes del mundo), recibió a Juan Pablo II con las las luces de colores y los sonidos luminosos y festivos de los fuegos artificiales, y por el ondear de miles de pañuelos y banderas. El cardenal Pironio le dio la bienvenida. A continuación dos jóvenes también le dieron la bienvenida en nombre de todos. Luego comenzó el diálogo por medio de representaciones escénicas. A continuación hablaron jóvenes de diversos países y luego Juan Pablo II pronunció el esperado discurso a los jóvenes.
Domingo 12 de abril
El Papa comenzó su jornada a las 8 con un encuentro ecuménico en los salones de la Nunciatura. Participaron 35 personas representantes de diversas confesiones cristianas. Monseñor Mario José Serra, presidente del Equipo Episcopal de Ecumenismo, dirigió al Santo Padre unas palabras de salutación y Juan Pablo II respondió con un breve discurso a los hermanos separados.
Luego celebró en la avenida 9 de Julio la misa del Domingo de Ramos, con la que se clausuraba la Jornada Mundial de la Juventud. Era la primera vez, en la historia moderna del papado, que el Santo Padre no celebraba la fiesta de Ramos en Roma. Se calcula que había alrededor de 1.000.000 de personas, la mitad jóvenes. Estaba presente el presidente de la República, doctor Raúl Alfonsín. En el altar se había colocado la auténtica imagen de la Virgen de Luján, que el día anterior había sido traída procesionalmente por los jóvenes.
El Padre Santo pronunció la homilía del Domingo de Ramos. A las palabras del Papa respondieron los jóvenes con un acto de compromiso. Al terminar la misa, el Papa ·«envió» a los jóvenes al mundo y dio una cruz a cinco de ellos que representaban cada uno de los cinco continentes.
Luego Su Santidad se dirigió a la imagen de la Virgen de Luján y pronunció el acto de consagración a Nuestra Señora. Terminada la celebración, el Papa rezó el «Angelus» ante la imagen de la Virgen de Luján. Antes de recitar la plegaria mariana, leyó una breve meditación dominical.
Desde la avenida 9 de Julio, Juan Pablo se trasladó en papamóvil a la sede de la Conferencia Episcopal Argentina que bendijo e inauguró (Suipacha 1034). Tras almorzar con todos los obispos en la misma sede, tuvo un encuentro con la Conferencia Episcopal Argentina en donde dirigió un mensaje a los obispos.
Después de este acto se trasladó al Teatro Colón para tener un encuentro con el mundo de la cultura argentina. Luego de las palabras de monseñor Estanislao Karlic, presidente de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura, el Padre Santo pronunció una alocución a los hombres de la cultura.
Del Teatro Colón el Papa salió rumbo al aeropuerto de Ezeiza donde pronunció un discurso de despedida. A las 19.30 despegó el avión papal: un Boeing 747 Jumbo de Aerolíneas Argentinas, rumbo a la Ciudad Eterna. La segunda visita de Juan Pablo II al país había finalizado, dejando en todos una profunda emoción.

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SANTA RITA - De los casos imposibles.

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FRASE

A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso.
JOSE INGENIEROS

Los tiempos de Dios son distintos a los tiempos humanos.

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TIEMPOS DIVINOS

SAN EXPEDITO

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VIRGEN DESATANUDOS

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"EL TIEMPO QUE SE PIERDE POR ALGUIEN,
ES TIEMPO QUE SE GANA PARA LA ETERNIDAD"
"EL QUE PIERDA SU VIDA LA GANARÁ,
PERO AQUEL QUE LA GUARDE PARA SÍ, LA PERDERÁ"