ramal: católico apostólico romano.

domingo, 10 de enero de 2010

10 de Enero celebramos: San Gregorio 10


El papa Beato Gregorio X (1271-1276) es uno de los Romanos Pontífices más insignes del siglo XIII que constituye el apogeo de la Iglesia medieval. Con Inocencio III (1198-1216) se puede decir que la Iglesia y el Pontificado llegaron al cenit de su prestigio y significación, siendo los papas verdaderos árbitros de las coronas de los reyes, y los motivos religiosos los que guiaban en sus empresas a los hombres más eminentes del tiempo. En este estado de florecimiento religioso continuó la sociedad europea a través de todo el siglo XIII. Entre sus principales manifestaciones podemos notar el gran esplendor de las universidades y estudios medievales, en París, Oxford, Bolonia, Salamanca y otros importantes centros, y con figuras tan prominentes, como Alejandro de Hale y San Buenaventura, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino. Lo mismo podríamos decir del gran apogeo del arte religioso, que nos presenta las grandes catedrales góticas de París, Reims, Chartres y Amiens, Milán, Burgos, León y Toledo, por no citar más que las principales.

Pues bien, el gran mérito de Gregorio X estriba en haber sabido mantener este prestigio extraordinario de la Iglesia en un tiempo en que, debido a una serie de dificultades, existió un gravísimo y persistente peligro de decadencia eclesiástica. Sus extraordinarias cualidades naturales y, sobre todo, el esfuerzo de su virtud y espíritu eclesiástico fueron los que realizaron una obra tan trascendental para la Iglesia.

Llamábase Teobaldo Visconti y pertenecía a una ilustre familia italiana. Nacido en Piacenza en 1210, distinguióse desde sus primeros años por su aplicación y constancia en el estudio, que fue coronado con extraordinarios éxitos. Dedicóse de un modo especial al Derecho canónico, que cultivó en Italia y, más tarde, en París, donde tanto florecían a la sazón los estudios escolásticos. Pero, a la par que en sus estudios, brilló particularmente por el temple de su virtud y por su espíritu eminentemente eclesiástico. Por esto, ya en estos primeros tiempos, se mostraba siempre dispuesto a toda clase de sacrificios que el servicio de Dios le exigiera, y no había dificultad capaz de detenerlo en las empresas que juzgaba de la gloria de Dios.

Conociendo sus superiores eclesiásticos la extraordinaria erudición, relevantes cualidades y profunda virtud que lo distinguían, nombráronlo, primero, canónigo de Lyon, y poco después archidiácono de Lieja. Más aún. Inocencio IV (1243-1254) le ofreció el obispado de Piacenza; pero él renunció a tan elevado honor. Sin embargo, sus cualidades naturales y el temple de su virtud se pusieron cada vez más de manifiesto. Durante el concilio I de Lyon. que fue el XIII ecuménico, fue celebrado por Inocencio IV y significa uno de los momentos cumbres de la Iglesia en el siglo XIII, el arzobispo de Lieja quiso tenerle a su lado como acreditado canonista. Poco después, siendo archidiácono de Lieja, y mientras pasaba algunas temporadas en París, dedicado a profundizar en los estudios canónicos, San Luis, rey de Francia, le dio testimonios de muy particular veneración. Más aún. El cardenal Ottoboni tomó consigo a Teobaldo, de cuya virtud y prestigio se sirvió en su legación a Inglaterra.

De esta manera Teobaldo Visconti se fue preparando para las grandes empresas, para las que Dios lo destinaba. Apenas terminada esta legación, recibió del Papa la orden de predicar la cruzada por la reconquista de Tierra Santa, con lo que comenzó a entusiasmarse por uno de los problemas que más debían preocuparlo en lo sucesivo. Entregóse, pues, de lleno a esta gran empresa, y, para poder realizarla, procuró establecer la unión y buena inteligencia entre los príncipes cristianos, y tanto llegó a entusiasmarse con este ideal, que se dirigió a Palestina con el objeto de consolar y alentar a los caballeros cruzados, a cuya Cabeza se hallaba entonces el príncipe Eduardo de Inglaterra. Fueron innumerables los sufrimientos que tuvo que arrostrar en esta peligrosa peregrinación y en la realización de su empresa; pero su alma de apóstol y su eximia caridad le comunicaban fuerzas para todo.

Hallábase, pues, en Ptolemaida, entregado en cuerpo y alma a obra tan sacrificada y apostólica, cuando recibió la noticia de haber sido elegido como Papa el primero de septiembre de 1271. En efecto, a la muerte de Clemente IV en 1268, después de tres años enteros de sede vacante, debido a las enormes dificultades y a la gran desunión reinante, los cardenales no habían podido entenderse para la elección del nuevo Papa, hasta que al fin pusieron los ojos en Teobaldo Visconti, simple archidiácono de Lieja y ausente entonces en Palestina, cuyas relevantes cualidades y eximia virtud les eran bien conocidas, y convinieron en su elevación al solio pontificio. En realidad era la mejor elección que pudieron haber realizado. Al recibir tan inesperada noticia, Teobaldo aceptó la pesada carga que Dios le imponía, tomó el nombre de Gregorio X y se dispuso a volver a Italia.

Naturalmente, los cristianos de Tierra Santa, aunque sentían la partida de tan eminente apóstol, experimentaron una satisfacción inmensa, con la seguridad de que el nuevo Papa les enviaría los socorros que tanto se necesitaban. Él mismo, según se refiere, al despedirse del Oriente, terminó su emocionante alocución con estas palabras: "Que mi lengua se pegue a mi paladar, si yo no pongo a Jerusalén a la cabeza de todas mis alegrías."

Llegado a Roma en marzo de 1272, recibió la Orden del presbiterado, pues era únicamente diácono: luego fue consagrado obispo y coronado como Papa el 27 del mismo mes. Como era de suponer, su ideal desde un principio fue enviar el socorro necesario a los cristianos de Tierra Santa y renovar la cruzada para su definitiva liberación. En realidad se puede decir que en él revivió por algún tiempo el espíritu de cruzada. Por esto se dirigió rápidamente por medio de una célebre carta al rey Felipe de Francia, hijo de San Luis.

Esta idea de cruzada iba en él íntimamente unida con el más intenso esfuerzo por la unión con los griegos, quienes pocos años antes (en 1261), con la reconquista de Constantinopla, habían puesto término al imperio latino oriental; pero en aquellas circunstancias eran favorables a la unión. Es cierto que su emperador, Miguel Paleólogo, se movía a ello más bien por motivos políticos, pues suponía con buen fundamento que esta unión apartaría a Carlos de Anjou de sus peligrosos planes de conquista en el Oriente a costa de los griegos; pero, de todos modos, la voluntad de unión existía en los orientales, y Gregorio X trató de aprovechar en sus planes de cruzada y de unificación general de la Iglesia.

Penetrado, pues, de esta idea, y con el objeto de promover juntamente en la Iglesia occidental la paz y la reforma de costumbres, dirigió una importante carta a los obispos de toda la cristiandad, anunciándoles la celebración de un concilio ecuménico que debería abrirse en mayo de 1274. Hecho esto, dedicóse con infatigable celo a la preparación de tan importante asamblea.

Como primer paso para su realización, puso el Papa todo su empeño en la pacificación de los espíritus en toda la. Europa cristiana. Así, trabajó intensamente para apaciguar los pueblos del norte de Italia, ensangrentados entonces por las luchas entre los güelfos y gibelinos. Por otra parte, introdujo en muchas partes medidas de reforma y, sobre todo, en medio de la división existente en Alemania sobre la sucesión al imperio, dirigió en octubre de 1273 una exhortación a los príncipes electores para que procedieran a la elección, y al recaer ésta sobre Rodolfo de Habsburgo, el Papa lo reconoció solemnemente.

En lo tocante a la preparación inmediata del gran concilio que debía reunirse en Lyon, invitó a los más célebres teólogos a presentar sus observaciones sobre el estado de la Iglesia. Creó cardenales al dominico Pedro de Tarantasia y a San Buenaventura; invitó al más célebre de los teólogos de su tiempo, Santo Tomás de Aquino, quien murió mientras se dirigía al concilio. Finalmente, partió el Papa desde Orvieto, y a su llegada a Lyon recibió la visita del rey de Francia, quien le entregó definitivamente el condado del Venaissin.

Finalmente, el 7 de mayo de 1274 se pudo celebrar en la catedral de San Juan la primera sesión del concilio II de Lyon y XIV ecuménico, en presencia del rey Juan I de Aragón, unos quinientos obispos y gran número de abades, así como también los representantes de algunos príncipes seculares. Con su sermón, basado sobre el texto "Desiderio desideravi..." el mismo Papa, que lo presidía, dio comienzo al concilio, en el que propuso con toda claridad los tres fines que en él se pretendían: ayuda a Tierra Santa, unión con los griegos y reforma de la Iglesia.

Dios premió los innumerables trabajos que Gregorio X realizó en aquella memorable empresa. Es cierto que, por la antipatía existente entre los orientales y los occidentales, la cuestión de la unión era poco popular entre los griegos. quienes le hicieron la mayor oposición; pero al fin se impusieron sus partidarios. El 24 de junio se presentaron en Lyon los representantes del emperador bizantino, Miguel Paleólogo, y tras difíciles discusiones, en la sesión IV del 6 de julio, se proclamó la unión. Los griegos reconocieron el Primado de Roma y admitieron la fórmula del "Filioque". En cambio se les concedió poder conservar el símbolo usado desde antiguo en sus iglesias, así como también sus antiguos ritos. A la cabeza de los partidarios decididos de la unión estaba el nuevo patriarca Juan Bekkos. Aunque sincera, esta unión fue muy poco duradera. Según se refiere, Gregorio X, que tanto amaba a la Iglesia griega, derramó lágrimas de alegría al ver realizada la unión.

Por lo que se refiere a los demás objetivos del concilio, decretóse destinar a la cruzada durante seis años los diezmos de la Iglesia; pero, no obstante los abnegados esfuerzos del santo Pontífice, la cruzada no llegó a realizarse. Por otra parte, ya en la sesión segunda, se proclamaron varios principios dogmáticos, y en la tercera, algunos decretos disciplinares en orden a la reforma eclesiástica. Entre tanto, antes de la sesión quinta del 16 de julio, murió San Buenaventura en el mismo concilio. El Papa asistió a sus funerales, celebrados en la iglesia de los franciscanos de Lyon. Luego, con el objeto de evitar la repetición de una sede vacante de tres años, como la anterior, publicó Gregorio X la constitución Ubi periculum, por la que se introducía el sistema del conclave, en el que los electores quedaban encerrados hasta que se verificaba la elección. Mas, como se tomaban ciertas medidas bastante rigurosas respecto de los cardenales, hubo de parte de éstos una enconada oposición, hasta que al fin pudo ser proclamada.

Tal fue la obra fundamental realizada en la Iglesia por el insigne papa Beato Gregorio X. Después del concilio, entregóse de lleno a poner en práctica las medidas de reforma que se habían ordenado, particularmente las que se referían a los eclesiásticos. Con no menor intensidad trabajó en reunir socorros para los cristianos de Tierra Santa y para mover a los caballeros de Occidente a realizar la cruzada; pero ésta no llegó a realizarse por las divisiones existentes en la cristiandad. Con todo esto, el Romano Pontífice y la Iglesia volvieron a recobrar el antiguo prestigio y continuaron en su apogeo medieval.

En su vida privada, Gregorio X dio durante su pontificado los más edificantes ejemplos de caridad, humildad y fervor religioso, que le conquistaron la opinión general de gran santidad y la más profunda simpatía del pueblo cristiano. Así, se nos refiere que, diariamente, lavaba los pies de algunos pobres; enviaba a algunos empleados en busca de las personas más necesitadas y repartía entre ellas abundantes limosnas. Por otra parte, observaba la mayor austeridad consigo mismo, no tomando alimento más que una vez al día y entregándose a la oración todo el tiempo posible. Pero, aunque tenía un corazón tan blando y caritativo con los pobres y desgraciados, era sumamente enérgico con los malvados y delincuentes. Es célebre en este punto el caso de Guido de Monfort, el asesino de Enrique de Alemania. Habiéndose presentado al Papa para obtener la absolución de su crimen, éste lo hizo encerrar primero en una fortaleza, y sólo un año después permitió al patriarca de Aquilea lo admitiera en la comunión con los fieles.

Pero los trabajos que tuvo que sufrir Gregorio X durante el concilio y después de él, unidos a la austeridad de su vida ascética, lo habían agotado por completo. Dios no le concedió ver de nuevo a Roma. Mientras volvía de Lyon, después de pasar por Milán y Florencia, se vio obligado a detenerse en Arezzo de Toscana, donde, víctima de una pleuresía, murió el 10 de enero de 1276. Según se refiere, al sentir la proximidad de la muerte, pidió un crucifijo, y mientras lo besaba con la mayor devoción y recitaba la Salutación angélica, entregó su alma a Dios. Incluido por la Iglesia en el número de los beatos, Benedicto XIV, en su célebre obra Sobre la Canonización, dedica largo espacio a la relación de su vida y milagros, tal como lo encontró en el archivo del tribunal de la Rota.

BERNARDINO LLORCA, S.I.

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SAN JOSÉ OBRERO

SAN JOSÉ OBRERO

JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

Nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, sur de Polonia. Su familia estaba conformada por su padre Karol Wojtyla, un militar del ejército austro-húngaro, su madre, Emilia Kaczorowsky, una joven sileciana de origen lituano, y un hermano adolescente de nombre Edmund.
Los padres de Karol Wojtyla lo bautizaron a los pocos días de nacer en la iglesia de Santa María de Wadowice. A los 9 años de edad recibió un duro golpe: el fallecimiento de su madre al dar a luz a una niña que murió antes de nacer. Años más tarde falleció su hermano y en 1941 murió su padre.
De joven, el futuro Pontífice mostró una gran inquietud por el teatro y las artes literarias polacas tan grande que aún en el colegio pensaba seriamente en la posibilidad de continuar estudios de filología y lingüística polaca. Sin embargo, un encuentro con el Cardenal Sapieha durante una visita pastoral, le hizo considerar seriamente la posibilidad de seguir la vocación que tenía impresa -entonces aún sin develarse plenamente- en el corazón: el sacerdocio.
Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, los alemanes cerraron todas las universidades de Polonia con el objetivo de invadir no sólo el territorio sino también la cultura polaca. Frente a esta situación, Karol Wojtyla con un grupo de jóvenes organizaron una universidad clandestina en donde estudió filosofía, idiomas y literatura. Poco antes de decidir su ingreso al seminario, el joven Karol tuvo que trabajar arduamente como obrero en una cantera. Según relata el hoy Pontífice, esta experiencia le ayudó a conocer de cerca el cansancio físico, así como la sencillez, sensatez y fervor religioso de los trabajadores y los pobres.
En 1942 ingresó al Departamento Teológico de la Universidad Jaguelloniana. Durante estos años tuvo que vivir oculto, junto con otros seminaristas, quienes fueron acogidos por el Cardenal de Cracovia.
El 1 de noviembre de 1946, a la edad de 26 años, Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote en el Seminario Mayor de Cracovia y celebró su primera misa en la Cripta de San Leonardo en la Catedral de Wavel. Al poco tiempo obtuvo la licenciatura de Teología en la Universidad Pontificia de Roma Angelicum y más adelante se doctoró en Filosofía. Durante algún tiempo se desempeñó como profesor de Ética en la Universidad Católica de Dublin y en la Universidad Estatal de Cracovia, donde interactuó con importantes representantes del pensamiento católico polaco, especialmente de la vertiente conocida como "tomismo lublinense".
El 23 de setiembre de 1958 fue consagrado Obispo Auxiliar del Administrador Apostólico de Cracovia, Monseñor Baziak, convirtiéndose en el miembro más joven del episcopado polaco. Asistió al Concilio Vaticano II, donde participó activamente, especialmente en las comisiones responsables de elaborar la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium y la Constitución pastoral Gaudium et Spes. Durante estos años, el entonces Obispo Wojtyla combinaba la producción teológica con una intensa labor apostólica, especialmente con los jóvenes, con quienes compartía tanto momentos de reflexión y oración como espacios de distracción y aventura al aire libre.
El 13 de enero de 1964 falleció Monseñor Baziak por lo que el obispo Wojtyla ocupa la sede de Cracovia como titular. Dos años después, el Papa Pablo VI convierte a Cracovia en Arquidiócesis. Durante su labor como Arzobispo, el futuro Papa se caracterizó por la integración de los laicos en las tareas pastorales, la promoción del apostolado juvenil y vocacional, la construcción de templos a pesar de la fuerte oposición del régimen comunista, la promoción humana y formación religiosa de los obreros y el aliento del pensamiento y las publicaciones católicas.
En junio de 1967, a los 47 años de edad, el Arzobispo Wojtyla fue creado Cardenal por el Papa Pablo VI. En 1974, el nuevo Purpurado ordenó a 43 nuevos presbíteros, en la ordenación sacerdotal más numerosa desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
En 1978 muere Pablo VI y es elegido nuevo Papa el Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani, de 65 años, quien tomó el nombre de Juan Pablo I. El "Papa de la Sonrisa", sin embargo, fallece a los 33 días de su nombramiento. El 16 de octubre de 1978, luego de un nuevo Cónclave, el Cardenal polaco Karol Wojtyla es elegido como el sucesor de San Pedro, rompiendo con la tradición de más de 400 años de elegir Papas de origen italiano. El 22 de octubre de 1978 fue investido como Sumo Pontífice asumiendo el nombre de Juan Pablo II.

JUAN PABLO II EN ARGENTINA

Visitas de Juan Pablo II a la Argentina
Primera visita: 11 y 12 de junio de 1982
El 2 de abril de 1982 la Argentina recupera las Islas Malvinas, lo que desencadena la reacción británica y sobreviene la guerra entre la Argentina y el Reino Unido. En esos días se conoce la noticia de que el 28 de mayo el Papa haría una visita apostólica a Gran Bretaña, largamente preparada. Es entonces cuando Juan Pablo II, con paternal delicadeza, decide efectuar fuera de todo programa y sin preparación alguna, una visita fugaz a la Argentina. Inmediatamente escribe una carta a los argentinos fechada el 25 de mayo, que comenzaba diciendo: «A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina: Os escribo por mi propia mano porque siento que debo repetir el gesto paternal del Apóstol Pablo hacia sus hijos, abrazándolos en la fe». El Sumo Pontífice expresó que su viaje a la Argentina era eminentemente pastoral. «Mi viaje a la capital argentina –dijo– es un viaje de amor, de esperanza y de buena voluntad, de un Padre que va al encuentro de los hijos que sufren».
Esta visita constituyó, según opinión de numerosos y caracterizados testigos argentinos y extranjeros, un «acontecimiento nunca visto en el país» y «tal vez la mayor concentración de gente que haya recibido el Papa en sus trece visitas hasta el presente».
11 de junio
A las 8.50 aterrizó en el aeropuerto internacional de Ezeiza el avión que conducía a Juan Pablo II. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu y el nuncio apostólico, monseñor Ubaldo Calabresi, subieron a la aeronave a dar la bienvenida al Papa. Luego de besar el suelo argentino, el Santo Padre fue recibido por el Presidente de la Nación, General Leopoldo Fortunato Galtieri y por autoridades civiles y militares. Durante los 40 kilómentros de su viaje hacia la catedral de Buenos Aires por las autopistas Ricchieri y 25 de Mayo, miles de personas, a pesar del crudo tiempo invernal, saludaban con desbordante entusiasmo al Santo Padre, que respondía visiblemente emocionado a los saludos de la multitud.
En la catedral metropolitana lo esperaban sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y miembros de movimientos eclesiales, junto con los obispos argentinos y presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica. Luego de orar ante el Santísimo Sacramento, pronunció un alocución e impartió la bendición a los presentes.
En la Casa Rosada, fue recibido por el Presidente y tuvo un encuentro con los miembros de la Junta Militar. Luego pasó a la capilla de la Casa de Gobierno donde oró unos momentos. Antes de retirarse el Santo Padre se asomó al balcón para saludar a la inmensa muchedumbre que colmaba la Plaza de Mayo.
Poco después de las 14 el Santo Padre inició su viaje a Luján, distante 70 kilómetros de Buenos Aires. En la Basílica Nacional, ante la imagen de la Patrona de la Argentina, Juan Pablo II oró por la paz, luego le ofreció a la histórica imagen la «Rosa de Oro» que le había traído desde Roma. Concelebró la Misa con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes, ante una multitud calculada en una cifra cercana a las 700.000 personas. Juan Pablo II pronunció una homilía en la que exhortó a imitar a Cristo, pidió por los muertos en la guerra con Gran Bretaña y por la rápida terminación del conflicto.
Sábado 12
El Santo Padre comenzó la jornada trasladándose a la Curia Metropolitana donde tuvo un encuentro con los cardenales y obispos argentinos, los presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica y los miembros directivos del CELAM. Luego de orar en la capilla de la Curia, comenzó su reunión con los obispos, a los que le dirigió un mensaje a puertas cerradas.
Luego de saludar a la multitud desde los balcones de la Curia arzobispal se dirigió en «papamóvil» hasta Palermo, donde junto al Monumento de los Españoles se había levantado un gigantesco altar cubierto en el que se concelebró la Santa Misa ante una inmensa multitud, en su mayoría jóvenes. Durante su homilía se refirió a la celebración del Corpus Christi, habló a los jóvenes argentinos, pidió por la paz y recordó a los muertos y heridos en la guerra de las Malvinas.
Finalizada la misa, nuevamente con la repetición de un mismo espectáculo, abigarradas y entusiastas multitudes aplaudieron y vitorearon el paso del Papa por las calles de Buenos y por las autopistas que lo condujeron al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Después de una conversación a solas con el Presidente Galtieri, de unos 20 minutos, el Pontifície pronunció el discurso de despedida que concluyó con un «¡Hasta la vista!».
Segunda visita: 6 al 12 de abril de 1987
En 1987, durante la semana que se inició el lunes 6 y concluyó el domingo 12 de abril (Domingo de Ramos), la Argentina vivió uno de los acontecimientos más trascendentales de su historia religiosa: la segunda visita del Papa Juan Pablo II, que como maestro de la fe efectuó un recorrido por el país que abarcó 10 ciudades: Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.
Lunes 6 de abril
En el aeroparque Jorge Newbery, al que llegó a las 16, el Papa dijo que sentía una «profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina. Vuelvo ahora en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, como sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos».
Desde el aeropuerto se trasladó en Papamóvil a la catedral metropolitana, distante 8, donde dirigió un discurso al clero y al pueblo de Dios.
Desde la catedral se dirigió a la vecina Casa de Gobierno. El presidente Alfonsín, en un gesto excepcional, recibió al Papa al pie de la escalinata que da a la calle Rivadavia. Desde allí lo acompañó hasta su despacho, donde tuvieron una conversación privada. Durante la misma el primer mandatario obsequió a Su Santidad un rosario de un metro de largo, realizado en plata y rodocrocita. A continuación se dirigió al Salón Blanco para un encuentro con los dirigentes políticos, representantes de las dos cámaras legislativas, miembros del Poder judicial y ministros y secretarios de Estado.
Terminado el encuentro con las autoridades del país, Juan Pablo II se asomó al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gran multitud congregada en la plaza. Luego se dirigió en papamóvil a la Nunciatura Apostólica, donde tuvo un encuentro con los 65 jefes de misión del cuerpo diplomático.
Martes 7 de abril
Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 trasladándose a la ciudad de Bahía Blanca, donde fue recibido por unas 130.000 personas con el canto «Gracias, Juan Pablo», compuesto con motivo de esta visita por el músico local Walter Giménez. En su homilía trató sobre «la evangelización del mundo rural». La ofrenda de un gran cesto de trigo recordó la generosidad ubérrima de la pampa húmeda.
El próximo destino fue la ciudad de Viedma adonde llegó a las 13.30 para tener allí una celebración de la Palabra. El tema de la misma tuvo caracter misionero. El obispo de Viedma, monseñor Hesayne, dirigió al Pastor universal un saludo de bienvenida y el Romano Pontífice pronunció a su vez un discurso que tenía como tema central la «nueva evangelización».
Terminada la ceremonia, la comitiva papal volvió a tomar el avión para dirigirse al aeropuerto El Plumerillo, de Mendoza, a 1.012 kilómetros. El Papa llegó a las 16.45 y se trasladó hasta el sitio donde iba a tener lugar la celebración de la Palabra. Había unas 200.000 personas. El Papa fue recibido por un coro de 250 voces, que entonó «Tú eres Pedro», y luego siguió una canción de cuna polaca. El arzobispo de Mendoza, monseñor Candido Rubiolo, dirigió al Pontífice un discurso de salutación. A continuación hubo una plegaria por la paz, y luego el Padre Santo pronunció un discurso. Tanto la alocución papal como todos los textos litúrgicos, estuvieron centrados en el tema de la paz: esto tenía un especial significado, dada la posición geográfica de Mendoza, limítrofe con Chile. A las 19 Su Santidad se trasladó al aeropuerto y viajó a Córdoba, que dista de allí a 465 kilómetros, donde pasó la noche.
Miércoles 8 de abril
En Córdoba Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 de mañana, trasladándose a la catedral. Dentro del templo esperaban al Papa 300 enfermos e inválidos, que representaban a todos los enfermos del país. El Papa luego de adorar al Santísimo dirigió una alocución a los enfermos. Desde la catedral se dirigió en papamóvil al Área Material Córdoba, donde presidió la misa. Hubo palabras de bienvenida del arzobispo de Córdoba, cardenal Raúl F. Primatesta. A su vez el Papa en la homilía trató el tema de la familia.
Por la tarde se dirigió nuevamente al aeropuerto y subió al avión que lo llevó al aeropuerto Benjamín Matienzo, de Tucumán, ciudad que dista de Córdoba a 510 kilómetros. Fue recibido con gran entusiasmo por unas 80.000 personas, la mayoría de las cuales llegaron a pie desde la ciudad de San Miguel de Tucumán. El aeropuerto se había transformado en un enorme palco sobre el que se alzaba una gran cruz de hierro. El encuentro revistió la forma de celebración de la Palabra. El arzobispo local, monseñor Horacio Bózzoli, dio la bienvenida al Papa y luego él pronunció su homilía sobre el amor de los cristianos a su Patria.
Terminado el acto, la comitiva papal tomó el avión que lo trasladó a Salta, a 234 kilómetros. Desde el aeropuerto, el Papa fue al hipódromo de Limache, para tener un encuentro con los fieles de la arquidiócesis, encuentro que tenía como tema «El V centenario de la evangelización de América Latina», dado que la evangelización de la Argentina comenzó por estas latitudes. En la celebración estaban presentes más de 1.500 representantes de los indios quechuas, tobas, matacos y chiriguanos que vinieron desde distintos puntos. El arzobispo local, monseñor Moisés Julio Blanchoud, dio la bienvenida al Padre Santo y a su vez el Romano Pontífice pronunció una alocución referida al tema del encuentro. Una vez terminada la celebración, la comitiva papal entró en la ciudad. El Papa cenó y pernoctó en el arzobispado.
Jueves 9 de abril
Por la mañana, desde el arzobispado salteño se dirigió hacia la catedral para hacer una visita no prevista a las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro. Después de haberse detenido unos momentos para adorar al Santísimo, el Santo Padre habló a los presentes, invitándolos a reflexionar sobre el misterio de la redención.
Luego viajó a Corrientes, a 740 kilómetros de distancia, donde bajo una torrencial lluvia fue recibido y saludado por el arzobispo de Corrientes, monseñor F. Antonio Rossi. Para los 100.000 fieles que participaban era como si resplandeciese el sol, permanecieron quietos, en sus sitios, rezando con el Pontífice, sin preocuparse del auténtico río de agua que caía sobre sus cabezas. Fue un gran testimonio de fe y de amor. La misa concelebrada con los obispos del Nordeste Argentino estuvo dedicada al tema «La religiosidad popular y la piedad mariana en la nueva evangelización».
Por la tarde viajó a Paraná, que dista 510 kilómetros. Fue recibido por el arzobispo de Paraná, monseñor Estanislao Esteban Karlic y luego se dirigió a la explanada que hay al salir de la aeroestación. El encuentro tuvo como tema «El mundo y los inmigrantes», debido a la gran cantidad de inmigrantes que hay en la zona. Terminada la ceremonia religiosa, Juan Pablo II fue a pie hasta el avión, saludando a la gente, y partió rumbo al aeropuerto de Buenos Aires.
Al llegar de nuevo a la capital argentina se trasladó en papamóvil hasta la Nunciatura Apostólica. La gente se agolpaba en este lugar y aclamaba a Juan Pablo II, de suerte que tuvo que salir al balcón a saludar a la muchedumbre. Luego, en un salón de la Nunciatura, tuvo un encuentro con representantes de la comunidad judía en la Argentina.
Viernes 10 de abril
El viernes, a las 8.15, recorriendo en coche descubierto 18 kilómetros, se trasladó desde la Nunciatura Apostólica al estadio del club Vélez Sársfield, donde celebró la santa misa, dedicada a las personas consagradas y a los agentes de pastoral, aunque asistían también numerosos fieles: había unas 30.000 personas. Concelebraron con el Papa más de 2.000 sacerdotes y estaban presentes unos 1.700 seminaristas, 3.000 religiosas y 400 monjas de clausura.
Terminada la celebración eucarística, el Papa se dirigió en papamóvil a la catedral de los ucranios, donde saludó a los niños que vestían trajes típicos nacionales ucranios. En el interior había unas 1.000 personas. El eparca, monseñor Andrés Sapelak, dirigió al Papa un saludo y luego de la coronación del ícono de la Virgen de Prokov el Santo Padre dirigió una alocución a los ucranios. Luego nuevamente en papamóvil se dirigió a la Nunciatura.
Por la tarde fue al Mercado Central de Buenos Aires, donde unos 300.000 trabajadores lo saludaron con gran entusiasmo; el Papa bendijo una capilla erigida en el lugar en recuerdo de su vida, el obispo de San Justo, monseñor Rodolfo Bufano dirigió un saludo al Pontífice, quien pronunció un discurso sobre la evangelización del mundo del trabajo.
Desde ahí el Papa se trasladó directamente al estadio Luna Park, donde tuvo un encuentro con la comunidad polaca en la Argentina. Pronunció su discurso en polaco y, terminado el acto se dirigió a la Nunciatura donde por la noche transmitió por radio y televisión un mensaje a todos los presos del país.
Sábado 11 de abril
A las 8 de la mañana se dirigió al aeroparque rumbo a la ciudad de Rosario, a 204 kilómetros de Buenos Aires. El arzobispo de Rosario, monseñor Jorge M. López, le dió la bienvenida y la homilía papal tuvo como tema la «Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo». Finalizada la misa el Papa pronunció una plegaria en el Monumento a la Bandera.
Luego del almuerzo en la sede arzobispal voló a Buenos Aires. Cuando se inició el vuelo Su Santidad pidió al piloto que desviara la ruta, a fin de pasar, en vuelo rasante, sobre la Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján. Cuando la nave aérea sobrevolaba la ciudad de Luján, Juan Pablo II llamó a los cardenales Aramburu y Primatesta y juntos rezaron el Santo Rosario.
Desde el aeroparque se dirigió en papamóvil al estadio Luna Park para tener un encuentro con unos diez mil empresarios argentinos. Monseñor Italo Severino Di Stéfano, arzobispo de San Juan y presidente del Equipo Episcopal de Pastoral Social, dirigió al Santo Padre una bienvenida y por su parte el Papa pronunció un discurso a los empresarios.
A las 18, en la Nunciatura Apostólica, tuvo un encuentro con los representantes de la comunidad islámica en la Argentina. A la noche, la comitiva papal se dirigió en papamóvil a la avenida 9 de Julio, para el primer encuentro con los jóvenes presentes en Buenos Aires con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Una impresionante multitud de jóvenes (unos 60.000 eran los no argentinos provenientes de las más diversas partes del mundo), recibió a Juan Pablo II con las las luces de colores y los sonidos luminosos y festivos de los fuegos artificiales, y por el ondear de miles de pañuelos y banderas. El cardenal Pironio le dio la bienvenida. A continuación dos jóvenes también le dieron la bienvenida en nombre de todos. Luego comenzó el diálogo por medio de representaciones escénicas. A continuación hablaron jóvenes de diversos países y luego Juan Pablo II pronunció el esperado discurso a los jóvenes.
Domingo 12 de abril
El Papa comenzó su jornada a las 8 con un encuentro ecuménico en los salones de la Nunciatura. Participaron 35 personas representantes de diversas confesiones cristianas. Monseñor Mario José Serra, presidente del Equipo Episcopal de Ecumenismo, dirigió al Santo Padre unas palabras de salutación y Juan Pablo II respondió con un breve discurso a los hermanos separados.
Luego celebró en la avenida 9 de Julio la misa del Domingo de Ramos, con la que se clausuraba la Jornada Mundial de la Juventud. Era la primera vez, en la historia moderna del papado, que el Santo Padre no celebraba la fiesta de Ramos en Roma. Se calcula que había alrededor de 1.000.000 de personas, la mitad jóvenes. Estaba presente el presidente de la República, doctor Raúl Alfonsín. En el altar se había colocado la auténtica imagen de la Virgen de Luján, que el día anterior había sido traída procesionalmente por los jóvenes.
El Padre Santo pronunció la homilía del Domingo de Ramos. A las palabras del Papa respondieron los jóvenes con un acto de compromiso. Al terminar la misa, el Papa ·«envió» a los jóvenes al mundo y dio una cruz a cinco de ellos que representaban cada uno de los cinco continentes.
Luego Su Santidad se dirigió a la imagen de la Virgen de Luján y pronunció el acto de consagración a Nuestra Señora. Terminada la celebración, el Papa rezó el «Angelus» ante la imagen de la Virgen de Luján. Antes de recitar la plegaria mariana, leyó una breve meditación dominical.
Desde la avenida 9 de Julio, Juan Pablo se trasladó en papamóvil a la sede de la Conferencia Episcopal Argentina que bendijo e inauguró (Suipacha 1034). Tras almorzar con todos los obispos en la misma sede, tuvo un encuentro con la Conferencia Episcopal Argentina en donde dirigió un mensaje a los obispos.
Después de este acto se trasladó al Teatro Colón para tener un encuentro con el mundo de la cultura argentina. Luego de las palabras de monseñor Estanislao Karlic, presidente de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura, el Padre Santo pronunció una alocución a los hombres de la cultura.
Del Teatro Colón el Papa salió rumbo al aeropuerto de Ezeiza donde pronunció un discurso de despedida. A las 19.30 despegó el avión papal: un Boeing 747 Jumbo de Aerolíneas Argentinas, rumbo a la Ciudad Eterna. La segunda visita de Juan Pablo II al país había finalizado, dejando en todos una profunda emoción.

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JOSE INGENIEROS

Los tiempos de Dios son distintos a los tiempos humanos.

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