ramal: católico apostólico romano.

jueves, 18 de marzo de 2010

El amor sonríe cuando abraza a sus enemigos


Cómo relacionarse desde el amor
Mientras no nos hagamos conscientes de nuestras carencias, compulsiones, adicciones, ciclos sin cerrar, resentimientos, miedos (los que heredamos de nuestros padres y los que fabricamos nosotros)… en fin, mientras no concienciemos nuestra propia falta de Amor, ¿cómo vamos a encontrar Amor en el prójimo? Si no somos imagen y semejanza del Amor… ¿cómo esperamos reflejarlo en nuestras parejas? ¿Cómo vamos a tener libre albedrío para amar cuando nuestra mente es una celda sellada con barrotes templados en el infierno de rencores añejos, soledades actuales, manías indeclinables y terrores futuros? ¿Somos emocionalmente responsables? Nuestra pareja es la respuesta…
Hace algunos meses, dos amigas del extremo austral del continente me escribieron conmovedoras misivas: desde Santiago de Chile, María M., de 42 años, habla de la ruptura de su matrimonio; esa unión “que nunca fue” se prolongó durante 18 años y produjo dos hijos; en tal lapso, su marido “nunca fue un padre presente”; “ahora me siento estéril”, nos comenta esta santiagueña. “Estoy ávida de Paz, de solaz, de sosiego… ¿Por qué entonces me cuesta tanto ser feliz? ¿Será que la felicidad me está vedada?”.

Pocos días después, desde Córdoba, Argentina, nos escribió María Z. de 31 años; muy joven, a los 16, contrajo nupcias; una década más tarde, y con un hijo a cuestas, su alianza se deshizo; los últimos cinco años de matrimonio (“muy turbulentos”) estuvieron signados por la búsqueda espiritual, a través de la tradición hinduista; tras el divorcio, inició una relación con un compañero que compartía su búsqueda mística; no obstante, el hombre mantenía un romance paralelo con otra mujer; “me llevé por eso la desilusión de mi vida y lo dejé”, dice nuestra amiga cordobesa.

Confiesa María Z: “me enfermé de los nervios y tengo pánico; en este tiempo he sentido que no valgo nada... hago terapia, pero siento que no da resultado. El dolor me conectó con mi parte más interna: he conocido la existencia de los ángeles y me aferré a ellos… aún así, no sé porqué en mi corazón hay un mar de odio, indignación y desolación. Soy una luchadora, mantengo a mi hijo sola, tengo dos trabajos y estudio”.

Queridas Marías: cuando respondo a cuestiones tan profundas como las que plantean en sus cartas, lo hago desde mi propia vulnerabilidad; no me siento un gurú infalible (a Dios gracias) ni deseo asumir ese rol; a lo largo de los años, he transitado por problemas similares a los suyos. Algunos los he ido resolviendo; quedan otros por solucionar… aunque –tal vez- no esté siendo muy exacto con las dos últimas frases: porque, según mi experiencia, toda circunstancia no resuelta en nuestra Vida se reduce a un único problema: falta de Amor.

Regresar al Amor: nuestra más urgente necesidad

Afable lector o lectora: te invito a hacer un viaje en el tiempo. Sí, a esa época en que eras apenas un niño o niña.

Yo efectuaré mi propio viaje. Seguramente, encontrarás cosas en común; otras no te serán familiares; en todo caso, espero que mi historia te ayude; luego, volveremos con nuestras amigas Marías.

Mis padres estuvieron casados durante casi medio siglo. Sólo la muerte separó sus cuerpos. Sin embargo, en la práctica, siempre fueron almas separadas. Su relación de pareja fue disfuncional. En una época más liberal se habrían divorciado: la creencia en la indivisibilidad del matrimonio les impidió dar ese paso; cada quien por su lado, intentó ser buen padre, buena madre; desde el punto de vista material, su unión fue fructífera: acumularon patrimonio, engendraron hijos y cumplieron con sus responsabilidades; no obstante, desde lo emocional, su relación fue pobre (no recuerdo haberlos visto darse un beso, dirigirse palabras amorosas o tratarse con elementales muestras de cortesía; pasaban largos períodos –incluso años- sin hablarse); en lo espiritual, mi padre no parecía tener ninguna inquietud; mi madre la tuvo, pero no fue suficiente; uno se refugió en la ira; la otra, en la infinita tristeza; hace dos años, mi padre murió de cáncer; un año antes, mi mamá –antaño una brillante maestra- fallecía tras padecer Mal de Alzheimer durante una década.

¿Por qué hago este relato? Bueno, porque usualmente modelamos nuestra manera de relacionarnos con las parejas a partir de lo que aprendimos de nuestros primeros dioses, nuestros primeros maestros: los padres...

No es difícil adivinar que mis primeras relaciones amorosas fueron disfuncionales. Pero, ¿de quién iba yo a aprender a modelar el Amor de pareja, la “relación santa” como la denomina “Un Curso de Milagros”?

Por supuesto, las cosas no tienen porqué ser iguales para ti: al final, la decisión de regresar al Amor o exiliarse de Él siempre es nuestra.

Pero mientras no nos hagamos conscientes de nuestras carencias, compulsiones, adicciones, ciclos sin cerrar, resentimientos, miedos (los que heredamos de nuestros padres y los que fabricamos nosotros)… en fin, mientras no concienciemos nuestra propia falta de Amor, ¿cómo vamos a encontrar Amor en el prójimo?

Si no somos imagen y semejanza del Amor… ¿cómo esperamos reflejarlo en nuestras parejas?

¿Cómo vamos a tener libre albedrío para amar cuando nuestra mente es una celda sellada con barrotes templados en el infierno de rencores añejos, soledades actuales, manías indeclinables y terrores futuros?

Porque nuestras relaciones de pareja (o la ausencia de ellas) no son más que un fiel reflejo de nuestra realidad interior.

Sí: extendemos la guerra civil que hay en nuestra Alma, en nuestro corazón, escogemos a nuestro más fiel y fiero contrincante… ¡para escarnecernos y odiarnos hasta que el divorcio, el tedio o la muerte nos separen!

El Amor no llega a nuestra Vida porque no somos Amor

Hacia los 26 años, tras varios descalabros sentimentales, me di cuenta de algo fundamental.

Mis relaciones parecían calcadas en papel carbónico.

Reparé en que repetía un idéntico ciclo: candente enamoramiento con una chica de tipo intelectual; sexo festivo en los inicios; luna de miel de tres meses; tras ese trimestre de ensueño, afloraban los fantasmas internos y las heridas emocionales de cada quien; interminables discusiones; infinitas argumentaciones y contra-argumentaciones; neurótico afán por tener la razón; disputa por ver quién dominaba al otro; en este punto, la dulzura inicial ya había degenerado en trato hosco, abiertamente hostil; cotidianidad del insulto, adicción al sarcasmo; uno o dos años después, la relación terminaba de manera abrupta: una postrera rabieta en un hotel; una acalorada discusión en un restaurante, en la que alguno de los dos se levantaba de la mesa para no volver a ver al otro; una última llamada telefónica, acabada en intempestivo trancazo del auricular.

Llegó un día en que deduje lo inocultable: si los ciclos de mis relaciones se repetían idénticamente... ¡el responsable de esas repeticiones era yo… y nadie más que yo!

El Amor no llegaba a mi Vida porque yo mismo no era Amor.

Nótese que digo responsable y no culpable.

Se llama responsable a una persona que es capaz de dar respuesta a las situaciones de la Vida.

En cambio, desde nuestra neurótica percepción, a quien asignamos el rol de culpable ya no es capaz de dar respuestas; nada válido nos puede ofrecer: hizo algo que consideramos tan malo, tan espantoso, que –en nuestro iracundo parecer- lo único que merece es un contundente castigo.

Confucio, el venerable sabio chino, decía hace siglos que “un error es una equivocación que no ha sido corregida”. Esa es la saludable perspectiva del Amor (y la del Dios que es Amor): nuestras fallas deben ser corregidas, no castigadas. En tal sentido, cuando observemos que algo no funciona en nosotros, ¡por favor!, no nos culpemos, no nos condenemos: simplemente, corrijamos.

La responsabilidad es una actitud sanadora, que nos hace recuperar nuestro poder personal y nos permite transformar –a veces en lapsos muy cortos- nuestras existencias. La responsabilidad nos instala en el tiempo presente porque no importa lo que hayamos hecho en el pasado: el pasado siempre puede ser trascendido, corregido, dejado atrás. En palabras de Deepak Chopra: “Si pudieras vivir en este instante presente, serías inmensamente feliz”.

La culpabilidad es un sentimiento neurótico que eterniza manías, miedos, adicciones, conflictos y venganzas. Nos desaloja del tiempo presente –hogar del Amor perfecto- y nos instala de lleno en los remordimientos del pasado, en los apocalipsis del futuro. Es fuente permanente de dolor; entontece nuestros pensamientos; mutila nuestra cordura.

Sólo cuando nos damos cuenta de que somos los responsables por los que nos sucede –lo cual incluye nuestras relaciones sentimentales- es que podemos empezar a hacer drásticas correcciones en nuestro estilo de Vida. Mientras culpemos a los demás de nuestro caos (en especial, a nuestras parejas), será imposible cambiar nuestra realidad afectiva.

¿Somos emocionalmente responsables? Nuestra pareja es la respuesta…

La mayoría de las relaciones de pareja están constituidas por personas que, hasta ahora, no se han hecho responsables de su realidad mental, emocional y espiritual; no han sanado las heridas heredadas de sus padres ni han concienciado su profunda separación del Amor. Y cuando nos creemos separados del Amor, se suscita en nosotros una percepción que castra toda posibilidad de unidad con la pareja: nuestra percepción de escasez.

Sí, la verdad es que la gran mayoría de nosotros nos percibimos como seres incompletos. Cunden en nuestra mente cientos y cientos de miedos… y cada miedo (la emoción opuesta al Amor) es un (falso) recordatorio de lo incompletos y escasos que somos, es un obstáculo que impide vivenciar el Amor a plenitud.

Para llenar la escasez que experimentamos –y en busca de aquellos atributos de los que supuestamente carecemos- nos relacionarnos con una pareja para que nos complete. Pero de este tipo de unión nunca surge abundancia: sólo multiplica la escasez. Como no podemos abundar en algo que no hay (Amor) proyectamos en nuestra pareja lo que sí abunda –nuestros sentimientos de carencia, privación y culpa.

Cuando nuestra guerra civil interior se unifica con la de nuestra (o) novia (o), esposa (o) o compañera (o), creemos que ella/él es quien nos despoja de la Paz que nosotros mismos nos hemos arrebatado. Así, al proyectar la culpa sobre nuestro amante, la usamos como amargo substituto del Amor. La culpa extiende y democratiza nuestras miserias, desdichas, aflicciones… ¡y hace que nuestro infierno personal se convierta en infierno compartido con nuestra pareja!

¿Cómo saber si somos mental, emocional y espiritualmente responsables? Muy fácil: contemplemos la pareja (o falta de ella) que nuestro Amor o desamor ha proyectado… ¡ella es nuestro espejo, nuestra respuesta!

Transformar la miseria afectiva en amorosa abundancia

El río fluye hacia el mar –no al revés; del manantial mana agua –no brea o petróleo; cierto: nuestra fe puede mover montañas –pero antes, es requisito indispensable que encontremos en nuestro interior ese inmenso poder que permite trasladar cerros.

De igual manera, no busquemos el Amor afuera –¡allí jamás lo descubriremos!: primero hallémoslo dentro de nosotros mismos –sólo así podremos extenderlo hacia los demás.

Ya sabemos dónde hallar el Amor.

Pero, ¿cómo hallarlo?

¿Cómo transformar nuestra escasez afectiva en amorosa abundancia?

Bueno, ése puede ser el trabajo de toda una Vida… ¡o de un instante! Es nuestra decisión.

Y te lo digo por experiencia propia: es el trabajo más interesante, divertido y trascendente que puedas emprender.

Para hallar el Amor, tenemos que despejar los obstáculos que nosotros mismos creamos para separarnos de Él.

Sólo eso.

Claro, “sólo eso” puede llevarnos existencias enteras.

Y en realidad, no hay “obstáculos” –sólo hay uno: su nombre –pese a los muchos sinónimos que le damos- es miedo.

Leemos en “Un Curso de Milagros”: “las relaciones que entablamos en este mundo son el resultado de cómo vemos el mundo. Y esto depende de la emoción a la que se pidió que enviara sus mensajeros para que lo contemplasen y regresasen trayendo noticias de lo que vieron. A los mensajeros del miedo se les adiestra mediante el terror y tiemblan cuando su amo los llama para que le sirvan. Pues el miedo no tiene compasión ni siquiera con sus amigos. Sus mensajeros saquean culpablemente todo cuanto pueden en su desesperada búsqueda de culpabilidad (…) No hay miedo en el mundo que tú mismo no hayas sembrado en él”.

También dice: “El miedo contempla la culpabilidad con la misma devoción que el Amor se contempla a sí mismo (…) La percepción no puede obedecer a dos amos que piden distintos mensajes en lenguajes diferentes. El Amor pasa por alto aquello en lo que el miedo se cebaría. Lo que el miedo exige, el Amor ni siquiera lo puede ver”. Al enviar a tan afectuosos mensajeros “nunca más verás el miedo. El mundo quedará transformado ante tu vista, limpio de toda culpabilidad y teñido de una suave pincelada de belleza (…) Si los envías, sólo verán lo bello y lo puro, lo tierno y lo bondadoso. Tendrán el mismo cuidado de que no se les escape ningún acto de caridad, ninguna ínfima expresión de perdón ni ningún hálito de Amor”.

“Ninguna ínfima expresión de perdón”: ¡esto es clave!

En el sistema de pensamiento del miedo, vemos a los otros como “enemigos” (seres a los que percibimos “inferiores” si los vencemos; “superiores” si nos derrotan) o como “salvadores” (personas que percibimos superiores a nosotros; al parecernos “más capaces”, “más completas”, “más abundantes” les cedemos nuestro poder personal: puede ser nuestra actual pareja, un gurú o un líder político); es fácil saber cuándo el miedo está haciendo estragos en nuestra visión del mundo: siempre nos hace sentir culpables, inferiores, superiores o separados del prójimo.

En cambio, el sistema de pensamiento del Amor te hace percibir al otro como hermano o hermana –ni por encima ni por debajo de ti; la visión amorosa quita poder a las culpas y trasciende las supuestas diferencias que nos separan de los demás; nos permite asimilar la sensación de ser Uno con el resto de los seres… y sólo desde allí podemos vivir la verdadera experiencia del perdón.

El perdón neurótico –el falso perdón nacido del miedo- implica una víctima, un victimario y una ofensa que disculpar; la víctima concede el perdón al victimario “como una gracia”, en virtud de su (transitoria) “superioridad moral” y la probada “inferioridad moral” de su agresor; en el juego del miedo, víctima y victimario intercambian roles constantemente, aliados en la ardua tarea de culparse y temerse el uno al otro; con frecuencia, se “perdonan” con ese perdón que nada perdona, que nada olvida (apenas una fugaz tregua entre los viejos odios acumulados y el nuevo odio por venir). De tal suerte, podemos pasar un año, una década o medio siglo enzarzados en una relación de almas separadas –unidas para victimizar y victimizarse.

El auténtico perdón –nacido en el seno del Amor- es mucho más sencillo: surge cuando nos hacemos responsables de nuestras acciones, trascendemos la adicción de culpar al prójimo y dejamos atrás el atroz jueguito de jueces y reos, víctimas y victimarios; el verdadero perdón reconoce que lo que supuestamente nos hicieron otros, en realidad, nos lo hicimos nosotros mismos; así las cosas, perdonamos a nuestros semejantes por lo que no nos hicieron… ¡y nos perdonamos a nosotros mismos por no habernos hecho responsables de nuestros asuntos y relaciones en este tiempo presente!

El Amor siempre perdona a sus enemigos

El perdón siempre será necesario mientras contemples en el prójimo a un contrincante, a un oponente (sobre todo, cuando ese rival es tu pareja); pero cuando nuestra percepción está saturada de Amor incondicional, el perdón deja de ser necesario, pues el Amor es incapaz de contemplar enemigo alguno.

A tal respecto, la mística norteamericana Mary Baker Eddy sentencia: “¿Quién es tu enemigo a quien debes amar? ¿Es un ser viviente o una cosa que no es sino fruto de tu propia creación? ¿Puedes ver un enemigo, a menos que primero le hayas dado forma y luego contemples el objeto de tu propia concepción? ¿Qué es lo que te daña? ¿Pueden las circunstancias o cualquier otra cosa creada separarte del Amor que es el bien omnipresente –que bendice infinitamente a uno y a todos? (…) Ama a tus enemigos es idéntico a No tienes enemigos. El Amor no mide con la vara de la justicia humana, sino con la misericordia divina (...) La única justicia que me siento capaz de hacer ahora es la de la misericordia y la caridad hacia todos”.

Claro, a la mayoría de nosotros nos llevará algún tiempo alcanzar esta visión tan clara de las cosas. Porque es evidente que cuando nos deslizamos del sistema de pensamiento del miedo (basado en la culpa y el ataque) al sistema de pensamiento del Amor (basado en la responsabilidad y el perdón), pasamos por un período de transición, una zona grisácea como la que están atravesando nuestras queridas Marías (o como la que está recorriendo el redactor de esta nota).

Es normal sentirse “estéril” como María M., nuestra amiga chilena, porque ya estamos hartos de fabricar relaciones neuróticas de pareja, pero aún estamos aprendiendo a extender el incipiente torrente de Amor que empieza a manar de nosotros (aún no tenemos pericia para establecer “relaciones santas”); o –como muy honestamente confiesa María Z., la amiga argentina- nos hacemos conscientes de ese “mar de odio” interior que aún hay que limpiar, regenerar, sanar.

En uno u otro caso, queridas Marías, al transitar por esa pantanosa región intermedia, el Amor ya está haciendo sentir en ustedes sus benignos efectos: la firme voluntad de romper el ciclo del miedo, la culpa y el desamor; la renuencia a repetir errores y –lo más importante- el afán de corregirlos; la actitud de buscar ayuda –en los amigos, en los libros, en los guías, en el ayuno, en la oración, en las disciplinas espirituales, en los maestros, y sobre todo, en el Dios que es Amor; después, es inevitable que sobrevengan un creciente estado de confianza, una gradual curva de mejora (con sus eventuales caídas y retrocesos); finalmente, en la medida que transformemos cada culpa en gozoso aprendizaje, cada rencor en perdón, cada enemigo en amado prójimo, cada miedo en fulgurante alegría, todas las ayudas y requerimientos que necesitemos en nuestro viaje de regreso al Amor aparecerán (esto lo sé con certeza: mientras sano y rehabilito mi percepción de la Realidad, todos los recursos necesarios me van siendo facilitados por la divina gracia del Uno).

El cantautor español José Luis Perales pinta muy bellamente la experiencia del afecto incondicional en esa inmejorable plegaria que es su canción “Por Amor”:


Es hermosa la vida si hay Amor

Es hermoso el paisaje si hay color

Es hermoso entregarse por entero a alguien

Por Amor

Por Amor

Es más corto el camino si somos dos

Es más fácil fundirse si hay calor

Es mejor perdonarse que decir “lo siento”

Es mejor

Es mejor

Por Amor

Es fácil renunciar y darlo todo sonriéndote

Por Amor

Es fácil abrazar a tu enemigo sonriéndole

Por Amor

Es más fácil sufrir la soledad

Por Amor

Es más fácil vivir en libertad


Sí, definitivamente el poeta Perales lleva razón: el Amor siempre sonríe cuando perdona y abraza a sus enemigos.

Carmelo Urso

http://www.innatia.com/s/c-superacion-personal/a-como-relacionarse-amor.html

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UNESCO

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SAN JOSÉ OBRERO

SAN JOSÉ OBRERO

JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

JUAN PABLO II

Nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, sur de Polonia. Su familia estaba conformada por su padre Karol Wojtyla, un militar del ejército austro-húngaro, su madre, Emilia Kaczorowsky, una joven sileciana de origen lituano, y un hermano adolescente de nombre Edmund.
Los padres de Karol Wojtyla lo bautizaron a los pocos días de nacer en la iglesia de Santa María de Wadowice. A los 9 años de edad recibió un duro golpe: el fallecimiento de su madre al dar a luz a una niña que murió antes de nacer. Años más tarde falleció su hermano y en 1941 murió su padre.
De joven, el futuro Pontífice mostró una gran inquietud por el teatro y las artes literarias polacas tan grande que aún en el colegio pensaba seriamente en la posibilidad de continuar estudios de filología y lingüística polaca. Sin embargo, un encuentro con el Cardenal Sapieha durante una visita pastoral, le hizo considerar seriamente la posibilidad de seguir la vocación que tenía impresa -entonces aún sin develarse plenamente- en el corazón: el sacerdocio.
Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, los alemanes cerraron todas las universidades de Polonia con el objetivo de invadir no sólo el territorio sino también la cultura polaca. Frente a esta situación, Karol Wojtyla con un grupo de jóvenes organizaron una universidad clandestina en donde estudió filosofía, idiomas y literatura. Poco antes de decidir su ingreso al seminario, el joven Karol tuvo que trabajar arduamente como obrero en una cantera. Según relata el hoy Pontífice, esta experiencia le ayudó a conocer de cerca el cansancio físico, así como la sencillez, sensatez y fervor religioso de los trabajadores y los pobres.
En 1942 ingresó al Departamento Teológico de la Universidad Jaguelloniana. Durante estos años tuvo que vivir oculto, junto con otros seminaristas, quienes fueron acogidos por el Cardenal de Cracovia.
El 1 de noviembre de 1946, a la edad de 26 años, Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote en el Seminario Mayor de Cracovia y celebró su primera misa en la Cripta de San Leonardo en la Catedral de Wavel. Al poco tiempo obtuvo la licenciatura de Teología en la Universidad Pontificia de Roma Angelicum y más adelante se doctoró en Filosofía. Durante algún tiempo se desempeñó como profesor de Ética en la Universidad Católica de Dublin y en la Universidad Estatal de Cracovia, donde interactuó con importantes representantes del pensamiento católico polaco, especialmente de la vertiente conocida como "tomismo lublinense".
El 23 de setiembre de 1958 fue consagrado Obispo Auxiliar del Administrador Apostólico de Cracovia, Monseñor Baziak, convirtiéndose en el miembro más joven del episcopado polaco. Asistió al Concilio Vaticano II, donde participó activamente, especialmente en las comisiones responsables de elaborar la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium y la Constitución pastoral Gaudium et Spes. Durante estos años, el entonces Obispo Wojtyla combinaba la producción teológica con una intensa labor apostólica, especialmente con los jóvenes, con quienes compartía tanto momentos de reflexión y oración como espacios de distracción y aventura al aire libre.
El 13 de enero de 1964 falleció Monseñor Baziak por lo que el obispo Wojtyla ocupa la sede de Cracovia como titular. Dos años después, el Papa Pablo VI convierte a Cracovia en Arquidiócesis. Durante su labor como Arzobispo, el futuro Papa se caracterizó por la integración de los laicos en las tareas pastorales, la promoción del apostolado juvenil y vocacional, la construcción de templos a pesar de la fuerte oposición del régimen comunista, la promoción humana y formación religiosa de los obreros y el aliento del pensamiento y las publicaciones católicas.
En junio de 1967, a los 47 años de edad, el Arzobispo Wojtyla fue creado Cardenal por el Papa Pablo VI. En 1974, el nuevo Purpurado ordenó a 43 nuevos presbíteros, en la ordenación sacerdotal más numerosa desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
En 1978 muere Pablo VI y es elegido nuevo Papa el Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani, de 65 años, quien tomó el nombre de Juan Pablo I. El "Papa de la Sonrisa", sin embargo, fallece a los 33 días de su nombramiento. El 16 de octubre de 1978, luego de un nuevo Cónclave, el Cardenal polaco Karol Wojtyla es elegido como el sucesor de San Pedro, rompiendo con la tradición de más de 400 años de elegir Papas de origen italiano. El 22 de octubre de 1978 fue investido como Sumo Pontífice asumiendo el nombre de Juan Pablo II.

JUAN PABLO II EN ARGENTINA

Visitas de Juan Pablo II a la Argentina
Primera visita: 11 y 12 de junio de 1982
El 2 de abril de 1982 la Argentina recupera las Islas Malvinas, lo que desencadena la reacción británica y sobreviene la guerra entre la Argentina y el Reino Unido. En esos días se conoce la noticia de que el 28 de mayo el Papa haría una visita apostólica a Gran Bretaña, largamente preparada. Es entonces cuando Juan Pablo II, con paternal delicadeza, decide efectuar fuera de todo programa y sin preparación alguna, una visita fugaz a la Argentina. Inmediatamente escribe una carta a los argentinos fechada el 25 de mayo, que comenzaba diciendo: «A los queridos hijos e hijas de la Nación Argentina: Os escribo por mi propia mano porque siento que debo repetir el gesto paternal del Apóstol Pablo hacia sus hijos, abrazándolos en la fe». El Sumo Pontífice expresó que su viaje a la Argentina era eminentemente pastoral. «Mi viaje a la capital argentina –dijo– es un viaje de amor, de esperanza y de buena voluntad, de un Padre que va al encuentro de los hijos que sufren».
Esta visita constituyó, según opinión de numerosos y caracterizados testigos argentinos y extranjeros, un «acontecimiento nunca visto en el país» y «tal vez la mayor concentración de gente que haya recibido el Papa en sus trece visitas hasta el presente».
11 de junio
A las 8.50 aterrizó en el aeropuerto internacional de Ezeiza el avión que conducía a Juan Pablo II. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu y el nuncio apostólico, monseñor Ubaldo Calabresi, subieron a la aeronave a dar la bienvenida al Papa. Luego de besar el suelo argentino, el Santo Padre fue recibido por el Presidente de la Nación, General Leopoldo Fortunato Galtieri y por autoridades civiles y militares. Durante los 40 kilómentros de su viaje hacia la catedral de Buenos Aires por las autopistas Ricchieri y 25 de Mayo, miles de personas, a pesar del crudo tiempo invernal, saludaban con desbordante entusiasmo al Santo Padre, que respondía visiblemente emocionado a los saludos de la multitud.
En la catedral metropolitana lo esperaban sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y miembros de movimientos eclesiales, junto con los obispos argentinos y presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica. Luego de orar ante el Santísimo Sacramento, pronunció un alocución e impartió la bendición a los presentes.
En la Casa Rosada, fue recibido por el Presidente y tuvo un encuentro con los miembros de la Junta Militar. Luego pasó a la capilla de la Casa de Gobierno donde oró unos momentos. Antes de retirarse el Santo Padre se asomó al balcón para saludar a la inmensa muchedumbre que colmaba la Plaza de Mayo.
Poco después de las 14 el Santo Padre inició su viaje a Luján, distante 70 kilómetros de Buenos Aires. En la Basílica Nacional, ante la imagen de la Patrona de la Argentina, Juan Pablo II oró por la paz, luego le ofreció a la histórica imagen la «Rosa de Oro» que le había traído desde Roma. Concelebró la Misa con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes, ante una multitud calculada en una cifra cercana a las 700.000 personas. Juan Pablo II pronunció una homilía en la que exhortó a imitar a Cristo, pidió por los muertos en la guerra con Gran Bretaña y por la rápida terminación del conflicto.
Sábado 12
El Santo Padre comenzó la jornada trasladándose a la Curia Metropolitana donde tuvo un encuentro con los cardenales y obispos argentinos, los presidentes de las conferencias episcopales de Latinoamérica y los miembros directivos del CELAM. Luego de orar en la capilla de la Curia, comenzó su reunión con los obispos, a los que le dirigió un mensaje a puertas cerradas.
Luego de saludar a la multitud desde los balcones de la Curia arzobispal se dirigió en «papamóvil» hasta Palermo, donde junto al Monumento de los Españoles se había levantado un gigantesco altar cubierto en el que se concelebró la Santa Misa ante una inmensa multitud, en su mayoría jóvenes. Durante su homilía se refirió a la celebración del Corpus Christi, habló a los jóvenes argentinos, pidió por la paz y recordó a los muertos y heridos en la guerra de las Malvinas.
Finalizada la misa, nuevamente con la repetición de un mismo espectáculo, abigarradas y entusiastas multitudes aplaudieron y vitorearon el paso del Papa por las calles de Buenos y por las autopistas que lo condujeron al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Después de una conversación a solas con el Presidente Galtieri, de unos 20 minutos, el Pontifície pronunció el discurso de despedida que concluyó con un «¡Hasta la vista!».
Segunda visita: 6 al 12 de abril de 1987
En 1987, durante la semana que se inició el lunes 6 y concluyó el domingo 12 de abril (Domingo de Ramos), la Argentina vivió uno de los acontecimientos más trascendentales de su historia religiosa: la segunda visita del Papa Juan Pablo II, que como maestro de la fe efectuó un recorrido por el país que abarcó 10 ciudades: Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.
Lunes 6 de abril
En el aeroparque Jorge Newbery, al que llegó a las 16, el Papa dijo que sentía una «profunda alegría y una gran emoción al pisar por segunda vez esta bendita tierra de la Argentina. Vuelvo ahora en visita pastoral para seguir cumpliendo la misión que el Señor me ha encomendado, de evangelizar y ser Maestro de la fe, ejerciendo a la vez, como sucesor de Pedro, el ministerio de confirmar a mis hermanos».
Desde el aeropuerto se trasladó en Papamóvil a la catedral metropolitana, distante 8, donde dirigió un discurso al clero y al pueblo de Dios.
Desde la catedral se dirigió a la vecina Casa de Gobierno. El presidente Alfonsín, en un gesto excepcional, recibió al Papa al pie de la escalinata que da a la calle Rivadavia. Desde allí lo acompañó hasta su despacho, donde tuvieron una conversación privada. Durante la misma el primer mandatario obsequió a Su Santidad un rosario de un metro de largo, realizado en plata y rodocrocita. A continuación se dirigió al Salón Blanco para un encuentro con los dirigentes políticos, representantes de las dos cámaras legislativas, miembros del Poder judicial y ministros y secretarios de Estado.
Terminado el encuentro con las autoridades del país, Juan Pablo II se asomó al balcón de la Casa Rosada para saludar a la gran multitud congregada en la plaza. Luego se dirigió en papamóvil a la Nunciatura Apostólica, donde tuvo un encuentro con los 65 jefes de misión del cuerpo diplomático.
Martes 7 de abril
Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 trasladándose a la ciudad de Bahía Blanca, donde fue recibido por unas 130.000 personas con el canto «Gracias, Juan Pablo», compuesto con motivo de esta visita por el músico local Walter Giménez. En su homilía trató sobre «la evangelización del mundo rural». La ofrenda de un gran cesto de trigo recordó la generosidad ubérrima de la pampa húmeda.
El próximo destino fue la ciudad de Viedma adonde llegó a las 13.30 para tener allí una celebración de la Palabra. El tema de la misma tuvo caracter misionero. El obispo de Viedma, monseñor Hesayne, dirigió al Pastor universal un saludo de bienvenida y el Romano Pontífice pronunció a su vez un discurso que tenía como tema central la «nueva evangelización».
Terminada la ceremonia, la comitiva papal volvió a tomar el avión para dirigirse al aeropuerto El Plumerillo, de Mendoza, a 1.012 kilómetros. El Papa llegó a las 16.45 y se trasladó hasta el sitio donde iba a tener lugar la celebración de la Palabra. Había unas 200.000 personas. El Papa fue recibido por un coro de 250 voces, que entonó «Tú eres Pedro», y luego siguió una canción de cuna polaca. El arzobispo de Mendoza, monseñor Candido Rubiolo, dirigió al Pontífice un discurso de salutación. A continuación hubo una plegaria por la paz, y luego el Padre Santo pronunció un discurso. Tanto la alocución papal como todos los textos litúrgicos, estuvieron centrados en el tema de la paz: esto tenía un especial significado, dada la posición geográfica de Mendoza, limítrofe con Chile. A las 19 Su Santidad se trasladó al aeropuerto y viajó a Córdoba, que dista de allí a 465 kilómetros, donde pasó la noche.
Miércoles 8 de abril
En Córdoba Juan Pablo II comenzó su jornada a las 8 de mañana, trasladándose a la catedral. Dentro del templo esperaban al Papa 300 enfermos e inválidos, que representaban a todos los enfermos del país. El Papa luego de adorar al Santísimo dirigió una alocución a los enfermos. Desde la catedral se dirigió en papamóvil al Área Material Córdoba, donde presidió la misa. Hubo palabras de bienvenida del arzobispo de Córdoba, cardenal Raúl F. Primatesta. A su vez el Papa en la homilía trató el tema de la familia.
Por la tarde se dirigió nuevamente al aeropuerto y subió al avión que lo llevó al aeropuerto Benjamín Matienzo, de Tucumán, ciudad que dista de Córdoba a 510 kilómetros. Fue recibido con gran entusiasmo por unas 80.000 personas, la mayoría de las cuales llegaron a pie desde la ciudad de San Miguel de Tucumán. El aeropuerto se había transformado en un enorme palco sobre el que se alzaba una gran cruz de hierro. El encuentro revistió la forma de celebración de la Palabra. El arzobispo local, monseñor Horacio Bózzoli, dio la bienvenida al Papa y luego él pronunció su homilía sobre el amor de los cristianos a su Patria.
Terminado el acto, la comitiva papal tomó el avión que lo trasladó a Salta, a 234 kilómetros. Desde el aeropuerto, el Papa fue al hipódromo de Limache, para tener un encuentro con los fieles de la arquidiócesis, encuentro que tenía como tema «El V centenario de la evangelización de América Latina», dado que la evangelización de la Argentina comenzó por estas latitudes. En la celebración estaban presentes más de 1.500 representantes de los indios quechuas, tobas, matacos y chiriguanos que vinieron desde distintos puntos. El arzobispo local, monseñor Moisés Julio Blanchoud, dio la bienvenida al Padre Santo y a su vez el Romano Pontífice pronunció una alocución referida al tema del encuentro. Una vez terminada la celebración, la comitiva papal entró en la ciudad. El Papa cenó y pernoctó en el arzobispado.
Jueves 9 de abril
Por la mañana, desde el arzobispado salteño se dirigió hacia la catedral para hacer una visita no prevista a las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro. Después de haberse detenido unos momentos para adorar al Santísimo, el Santo Padre habló a los presentes, invitándolos a reflexionar sobre el misterio de la redención.
Luego viajó a Corrientes, a 740 kilómetros de distancia, donde bajo una torrencial lluvia fue recibido y saludado por el arzobispo de Corrientes, monseñor F. Antonio Rossi. Para los 100.000 fieles que participaban era como si resplandeciese el sol, permanecieron quietos, en sus sitios, rezando con el Pontífice, sin preocuparse del auténtico río de agua que caía sobre sus cabezas. Fue un gran testimonio de fe y de amor. La misa concelebrada con los obispos del Nordeste Argentino estuvo dedicada al tema «La religiosidad popular y la piedad mariana en la nueva evangelización».
Por la tarde viajó a Paraná, que dista 510 kilómetros. Fue recibido por el arzobispo de Paraná, monseñor Estanislao Esteban Karlic y luego se dirigió a la explanada que hay al salir de la aeroestación. El encuentro tuvo como tema «El mundo y los inmigrantes», debido a la gran cantidad de inmigrantes que hay en la zona. Terminada la ceremonia religiosa, Juan Pablo II fue a pie hasta el avión, saludando a la gente, y partió rumbo al aeropuerto de Buenos Aires.
Al llegar de nuevo a la capital argentina se trasladó en papamóvil hasta la Nunciatura Apostólica. La gente se agolpaba en este lugar y aclamaba a Juan Pablo II, de suerte que tuvo que salir al balcón a saludar a la muchedumbre. Luego, en un salón de la Nunciatura, tuvo un encuentro con representantes de la comunidad judía en la Argentina.
Viernes 10 de abril
El viernes, a las 8.15, recorriendo en coche descubierto 18 kilómetros, se trasladó desde la Nunciatura Apostólica al estadio del club Vélez Sársfield, donde celebró la santa misa, dedicada a las personas consagradas y a los agentes de pastoral, aunque asistían también numerosos fieles: había unas 30.000 personas. Concelebraron con el Papa más de 2.000 sacerdotes y estaban presentes unos 1.700 seminaristas, 3.000 religiosas y 400 monjas de clausura.
Terminada la celebración eucarística, el Papa se dirigió en papamóvil a la catedral de los ucranios, donde saludó a los niños que vestían trajes típicos nacionales ucranios. En el interior había unas 1.000 personas. El eparca, monseñor Andrés Sapelak, dirigió al Papa un saludo y luego de la coronación del ícono de la Virgen de Prokov el Santo Padre dirigió una alocución a los ucranios. Luego nuevamente en papamóvil se dirigió a la Nunciatura.
Por la tarde fue al Mercado Central de Buenos Aires, donde unos 300.000 trabajadores lo saludaron con gran entusiasmo; el Papa bendijo una capilla erigida en el lugar en recuerdo de su vida, el obispo de San Justo, monseñor Rodolfo Bufano dirigió un saludo al Pontífice, quien pronunció un discurso sobre la evangelización del mundo del trabajo.
Desde ahí el Papa se trasladó directamente al estadio Luna Park, donde tuvo un encuentro con la comunidad polaca en la Argentina. Pronunció su discurso en polaco y, terminado el acto se dirigió a la Nunciatura donde por la noche transmitió por radio y televisión un mensaje a todos los presos del país.
Sábado 11 de abril
A las 8 de la mañana se dirigió al aeroparque rumbo a la ciudad de Rosario, a 204 kilómetros de Buenos Aires. El arzobispo de Rosario, monseñor Jorge M. López, le dió la bienvenida y la homilía papal tuvo como tema la «Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo». Finalizada la misa el Papa pronunció una plegaria en el Monumento a la Bandera.
Luego del almuerzo en la sede arzobispal voló a Buenos Aires. Cuando se inició el vuelo Su Santidad pidió al piloto que desviara la ruta, a fin de pasar, en vuelo rasante, sobre la Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján. Cuando la nave aérea sobrevolaba la ciudad de Luján, Juan Pablo II llamó a los cardenales Aramburu y Primatesta y juntos rezaron el Santo Rosario.
Desde el aeroparque se dirigió en papamóvil al estadio Luna Park para tener un encuentro con unos diez mil empresarios argentinos. Monseñor Italo Severino Di Stéfano, arzobispo de San Juan y presidente del Equipo Episcopal de Pastoral Social, dirigió al Santo Padre una bienvenida y por su parte el Papa pronunció un discurso a los empresarios.
A las 18, en la Nunciatura Apostólica, tuvo un encuentro con los representantes de la comunidad islámica en la Argentina. A la noche, la comitiva papal se dirigió en papamóvil a la avenida 9 de Julio, para el primer encuentro con los jóvenes presentes en Buenos Aires con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Una impresionante multitud de jóvenes (unos 60.000 eran los no argentinos provenientes de las más diversas partes del mundo), recibió a Juan Pablo II con las las luces de colores y los sonidos luminosos y festivos de los fuegos artificiales, y por el ondear de miles de pañuelos y banderas. El cardenal Pironio le dio la bienvenida. A continuación dos jóvenes también le dieron la bienvenida en nombre de todos. Luego comenzó el diálogo por medio de representaciones escénicas. A continuación hablaron jóvenes de diversos países y luego Juan Pablo II pronunció el esperado discurso a los jóvenes.
Domingo 12 de abril
El Papa comenzó su jornada a las 8 con un encuentro ecuménico en los salones de la Nunciatura. Participaron 35 personas representantes de diversas confesiones cristianas. Monseñor Mario José Serra, presidente del Equipo Episcopal de Ecumenismo, dirigió al Santo Padre unas palabras de salutación y Juan Pablo II respondió con un breve discurso a los hermanos separados.
Luego celebró en la avenida 9 de Julio la misa del Domingo de Ramos, con la que se clausuraba la Jornada Mundial de la Juventud. Era la primera vez, en la historia moderna del papado, que el Santo Padre no celebraba la fiesta de Ramos en Roma. Se calcula que había alrededor de 1.000.000 de personas, la mitad jóvenes. Estaba presente el presidente de la República, doctor Raúl Alfonsín. En el altar se había colocado la auténtica imagen de la Virgen de Luján, que el día anterior había sido traída procesionalmente por los jóvenes.
El Padre Santo pronunció la homilía del Domingo de Ramos. A las palabras del Papa respondieron los jóvenes con un acto de compromiso. Al terminar la misa, el Papa ·«envió» a los jóvenes al mundo y dio una cruz a cinco de ellos que representaban cada uno de los cinco continentes.
Luego Su Santidad se dirigió a la imagen de la Virgen de Luján y pronunció el acto de consagración a Nuestra Señora. Terminada la celebración, el Papa rezó el «Angelus» ante la imagen de la Virgen de Luján. Antes de recitar la plegaria mariana, leyó una breve meditación dominical.
Desde la avenida 9 de Julio, Juan Pablo se trasladó en papamóvil a la sede de la Conferencia Episcopal Argentina que bendijo e inauguró (Suipacha 1034). Tras almorzar con todos los obispos en la misma sede, tuvo un encuentro con la Conferencia Episcopal Argentina en donde dirigió un mensaje a los obispos.
Después de este acto se trasladó al Teatro Colón para tener un encuentro con el mundo de la cultura argentina. Luego de las palabras de monseñor Estanislao Karlic, presidente de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura, el Padre Santo pronunció una alocución a los hombres de la cultura.
Del Teatro Colón el Papa salió rumbo al aeropuerto de Ezeiza donde pronunció un discurso de despedida. A las 19.30 despegó el avión papal: un Boeing 747 Jumbo de Aerolíneas Argentinas, rumbo a la Ciudad Eterna. La segunda visita de Juan Pablo II al país había finalizado, dejando en todos una profunda emoción.

SAN ANTONIO DE PADUA

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SAN CAYETANO

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Santuario de San Cayetano | +54 11 4641-0583 o +54 11 4641-1572 | Cuzco 150 | Buenos Aires | Argentina | santuario@sancayetano.org.ar.

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Santa Josefina B.

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SAN JORGE

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SANTA RITA - De los casos imposibles.

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FRASE

A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso.
JOSE INGENIEROS

Los tiempos de Dios son distintos a los tiempos humanos.

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TIEMPOS DIVINOS

SAN EXPEDITO

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VIRGEN DESATANUDOS

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"EL TIEMPO QUE SE PIERDE POR ALGUIEN,
ES TIEMPO QUE SE GANA PARA LA ETERNIDAD"
"EL QUE PIERDA SU VIDA LA GANARÁ,
PERO AQUEL QUE LA GUARDE PARA SÍ, LA PERDERÁ"