"Mi ordenación", por el Padre Ignacio Peries.
"Sígueme, sígueme, deja tu hogar y tu familia, abandona tus redes de pesca y tus brotes en la costa.
Abandona las semillas que has sembrado, abandona los cultivos que has cuidado, deja las personas que has conocido y sígueme.
Los zorros tienen sus guaridas, y las golondrinas tienen sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene un lugar donde recostarse.
No ofrezco el confort, ni ofezco riquezas, pero en mí encontrarás la felicidad completa.
Si me siguieras, deberás dejar tus viejas costumbres de lado, deberás tomar mi cruz y seguir mi camino.
Quizás estarás lejos de tus seres queridos, quizás estarás lejos de tu hogar, pero al final, mi Padre te recibirá.
Aunque me vaya jamás estarás solo, porque allí estará el espíritu para reconfortarte. Aunque todo tu ser se disperse, cada parte seguirá su camino, y aun aí, el espíritu del amor te guiará hasta tu hogar"
(Con esta letra, de una canción, el Padre Ignacio se ordenó sacerdote... Increíble, ¿no? un destino, una gran misión encomendada por Dios que ya estaba escrita. Y miren hoy: seguió a Dios y no perdió una familai, esto lo dijo el mismo padre Ignacio, sino que donde va es bien recibido y tiene familia... Así es Dios. Parece que perdemos, el camino es duro, incierto... Pero en Él la vida se logra de una manera preciosa. Mucho más de lo que imaginamos.)
Mis comienzos
pensar en una vida sacerdotal implica muchas cosas, una de ellas es: cómo y por qué nace esta vocación.
Desde chiquito (al escuchar los sermones de los sacerdotes o en los encuentros de monaguillos en la Iglesia) me identifiqué muchísimo con el Profeta Isaías, con su manera de ser y con su manera de vivir y anunciar el Evangelio:
Un hombre débil que eligió ser mensajero de Dios.
Esta identificación (y creo que no fue casualidad), fue algo que marcó mi vida para hacer algo por Dios. jamás pensé que ese "algo" iba a hacerlo como sacerdote, siempre creí que compartiría, que anunciaría algo de Jesús al mundo, como un chico común, como un hombre más de la Iglesia.
(transcribo y me emociono... ¡qué hermoso es el Padre Ignacio... cuánto amor!)
por eso, desde chico fui monaguillo (ayudando a los sacerdotes y viviendo muy cerca de ellos); y ya en la secundaria, decidí ser catequista.
En todas las catequesis los chicos se alegraban al escucharme (y no lo tomen como alabanza personal), en realidad esto fue algo que me ayudó a sentir que Dios me daba un don especial para explicar su palabra y que, a través del Evangelio, yo también encontraba mi propia felicidad.
Así comenzó a nacer en mí el sentimiento de difundir la Palabra de Dios lo máximo que me fuera posible.
Fue a los 19 años en que empecé a sentir la vida de una manera distinta. En ese entonces salía con una chica, tenía novia. ¡lo normal! ¡Jamás imaginé algo diferente! Siempre quise ser un hombre como los demás, aún hoy lo intento aunque, a veces, me cueste mucho. La misma sociedad no me deja compartir muchas cosas, tengo que limitarme y vivir diferente. pero desde pequeño sentí así:
Cuanto más sencillo y más común, más feliz soy.
Como les decía, en ese entonces tenía novia. Fue ella quien me ayudó a ver y a diferenciar muchas cosas (del mundo, de mí mismo y de mí hacia los demás). Sí, a los 19 años mi vida cambió muchísimo pero, aún así, no había llegado todavía el sentimiento que me llamara a ser sacerdote.
En ese tiempo yo estaba en casa y, prácticamente, no hacía nada (estudiaba y nada más). Un día, la madre superiora del convento me llamó y me dijo:
"Por qué no acompañás a una religiosa que tiene que trabajar en un pueblo que queda un poco lejos de la ciudad y tiene que regresar sola y, a veces, vuelve de noche".
Así lo hice.
comencé a acompañarla y a observar cómo trabajaba. me llamaba mucho la atención la alegría con que lo hacía. (Me impactó enormemente ver cómo disfrutaba de su vida difundiendo el Evangelio).
Un día nos quedamos sin colectivo para poder regresar.
Estábamos a 12km. de la ciudad, era de noche y yo tenía que traerla de vuelta. Comenzamos a camniar y, durante todo el camino, me contó de su alegría por ser mensajera de Dios, por anunciar el Evangelio. Creo que fue allí donde sentí, por primera vez, el contacto con mi vocación. Me dieron muchas ganas de hacer algo por los demás (con tanta feleicidad, como lo hacía esta monjita). Pensé que también podría ser feliz, como ella lo era, si lograba dar algo a los que me rodeaban.
Pasó el tiempo... comencé la facultad... ¡y estaba en mis palnes seguir estudiando!
Un día, en que había regresado a casa para pasar mis vacaciones, mi papá me pidió que ayudara a los chicos que tenían problemas de aprendizaje. En otras palabras: quería que diera apoyo escolar a los chicos humildes que no tenían posibilidad de ir a un maestro particular.
Comncé a hascerlo. A veces, daba clases en la misma escuela; a veces, en la Parroquia.
Esto me ayudó a pensar en lo que uno puede dar a los humildes, a los sencillos, a los que realmente necesitan.
Quizás, para otros, esto no significaba nada (sólo una clase de apoyo); pero para mí significó muchísimo.
Al principio, empecé con bastante bronca: Yo estaba estudiando en la facultad, en la capital; y el saber que, al ir a mi casa en mis vacaciones, tenía la responsabilidad de enseñar en lugar de descansar, me ponía mal.
Un día les dije a mis padres:
"¡No me organicen más la vida! ¡Yo no vengo para trabajar, vengo para descansar!"
(Sin dudas, ese día estaba muy nervioso y con mucha bronca)
Papi me contestó:
"Aprendé que siempre tenés que dar algo de tu vida a los demás. ¡Si Dios nos da tantas cosas! ¿¡Cómo no compartirlas!? Nunca dejes de compartir lo bueno que tenés. Eso te traerá felicidad"
Mis padres siempre fueron muy creyentes y siempre nos transmitieron la fe; pero creo que estas palabras de mi papá fueron claves para mí, para que pensara en el sentido de la vida.
Muchas veces uno piensa, proyecta cosas, pero no llega a captar el sentido de la vida.
pienso que fue ahí, en ese momento, en que yo desperté a ese sentido: "DAR" si uno quiere ser feliz. "DAR" SIN ESPERAR NADA DEL OTRO. "DAR", SIMPLEMENTE, PARA RECIBIR DE DIOS.
Fue después de un tiempo cuando comprendí totalmente las palabras de mi papá: Yo estaba en la capital, estudiando, y recibí cartas de los chicos que había preparado para que rindieran sus exámenes.
En ellas expresaban su agradecimiento. Habían rendido bien y les parecía increíble. Cuando leí: "¡Gracias por esa bondad que tuviste con nosotros!", sentí vergüenza. Yo no era merecedor de ese agradecimiento ya que no lo había hecho de corazón.
Sentirme así me hizo reflexionar mucho. por un lado, me produjo una gran tristeza, un gran dolor. Me sentí culpable, no sólo por no haber dado todo lo que debía, tampoco lo había hecho con amor y el cariño que debía; por otro lado, descubrí que no hay alegría más grande que la de dar algo de la vida de uno a los demás (aunque sea un poco) para que sean felices.
Vivir no sólo para uno sino también para los demás en lo que recompensa la vida.
Creo que en ese momento sentí una llamada para hacer algo por los otros y para hacerlo con el corazón, sin esperar nada a cambio, nada más que la bendición de Dios.
Pensé:
"Dios me ha dado inteligenica, la capacidad de estudiar y de desarrollar mi intelecto"
Sentí entonces la necesidad de ayudar a los que no tenían el mismo don o la misma gracia que yo. Además, me di ceunta que, si había sido capaz de despertar capacidades en esos chicos que habían rendido bien, cuanto más hubiese logrado de haberlo hecho con amor. Entonces tomé el compromiso de ayudar pero, aún no había pasado por mi cabeza el hacerlo como sacerdote.
Aunque mi mamá y mi papá me habían dicho muchas veces que desde que era chico (nueve, diez años) siempre veía como se celebraba Misa y estaba todo el día en la Iglesia, y que ellos habían visto en mí algo que les hacía pensar que iba a ser sacerdote, yo no me había definido para vivir un sacerdocio como el que estoy viviendo ahora.
Mi vida siguió con normalidad. En varias oportunidades, cuando volvía a mi casa para pasar las vacaciones, pasaron cosas que me marcaron pautas para descubrir el camino de la vocación sacerdotal.
En más de una ocasión, mientras acompañaba al sacerdote de mi pueblo a visitar los enfermos para rezar por ellos, pasaron cosas increíbles.
Era como que Dios me estaba diciendo:
"Tu vocación es dar afecto y cariño a los demás, especialmente a los enfermos"
Al principio me asusté muchísimo. jamás pensé que tenía capacidad para acompañarlos.
Recuerdo que, un día, el sacerdote se había quedado charlando (fuera de la casa) con los familiares de una abuela ciega a la que habíamos ido a ver. Yo entré directamente y me acerqué a ella. Estaba muy mal, moribunda. Tomé su mano y le pregunté:
"abuela, ¿cómo está?
me respondió:
"¡Padrecito, padrecito! ¿Cómo está usted?"
Sentí mucho miedo. Esa señora me conocía desde chico y quise expliocarle quién era yo, aclararle que no era el sacerdote.
Y reitero, sentí miedo porque pensé que si el párroco se enteraba, podía llegar a pensar que yo me estaba haciendo pasar por él. tenía miedo de que se enojara y de perder su amistad.
Rápidamente le dije:
"¡Abuela, abuela! ¡Yo no soy el sacerdote, él todavía está afuera!"
Ella me respondió:
"No. Tenés en tus manos un calor sacerdotal"
Quedé paralizado. Llegó un momento en que no quería acompañar más al sacerdote por el miedo que tenía.
Uno o dos años después, se repitió la historia:
habíamos ido a ver a un enfermo (un hombre anciano que me conocía de chico). Esta vez el que se quedó afuera fui yo. Me quedé esperando a que el sacerdote terminara de rezar. Sólo cuando ya estuvo a punto de irse, entré a la casa. me acerqué al abuelo que, aunque veía poco, no estaba totalmente ciego. Le dije:
"Chau, abuelo"
El viejo me tomó la mano y repitió lo que había dicho aquella anciana ciega.
"¡Chau, padrecito!"
Nuevamente... "No, ¡no soy sacerdote!"
El viejito dijo: "En tus manos se encuentra calor sacerdotal"
Como el sacerdote había escuchado, le dije:
"Padre, esto ya me pasó anteriormente"
Y él me respondió:
"Posiblemente, por tus ganas de dar a los demás, Dios te está llamando para que, como sacerdote, seas instrumento suyo"
Su respuesta fue muy profunda y, si bien me calmó, también me dejó pensando sobre mi vocación.
Comenté todo esto a mi novia y ella me dijo:
"Si Dios te llama, también te va a marcar el camino. Contá conmigo, yo te ayudo"
Un día, tomé la decisión de hacer un encuentro vocacional para aclarar mi camino. Fui a varios seminarios. Intenté con jesuitas, franciscanos, oblatos de María, carmelitas descalzas, sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús... estudié todo, pero ninguno me llamó la atención. Incluso, mi obsipo diocesano me dio la posibilidad de conocer el seminario y quedarme. Siempre les dije a todos:
"Yo no quiero entrar a ninguna congregación, sólo quiero conocer"
El obispo, como le decía, me lo permitió. Viví allí casi seis meses, pero aún sentía que algo me falta...
...continuará...
los quiero mucho,
sabri cattaneo
"La fe mueve montañas y abre las aguas"
esto es una Royal kandy Cruzada
de fe y amor por un mundo mejor
en comunión con Dios.
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