La curación de los diez leprosos fue, con toda seguridad, un suceso fortuito en la vida de Jesús. Un día Jesús acertó a pasar, camino de Jerusalén, por una aldea, por cuyos alrededores merodeaba un grupo de enfermos; no era su intención encontrarse con ellos: no iba en su búsqueda. Pero tampoco quiso permanecer ajeno a su necesidad, cuando le rogaron que tuviera compasión; no los buscó, pero tampoco los evitó ni se excusó. Y razones hubiera tenido. Por eso, le molestó tanto que no volvieran a agradecerle la curación: habían acudido a él impulsados por su estado de extrema necesidad, pero no volvieron a él cuando se vieron libres de su terrible enfermedad. La curación gratuita no les hizo hombres agradecidos ni creyentes sanados?, a excepción de uno, el samaritano, el extranjero, aquel de quien menos se lo hubiera esperado. Sólo quien, curado, alabó a Dios y agradeció a Jesús fue salvado. Una fe, hecha de gratitud y alabanza, hizo de su reencuentro con Jesús un toparse con Dios salvador.
Seguimiento:
Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
- «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo:
- «Id a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios.
Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo:
- «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»
I. LEER: entender lo que dice el texto fijándose en como lo dice
Lucas recuerda un hecho casual acaecido durante la subida de Jesús a Jerusalén para presentarlo como una catequesis sobre la salvación y la vía para llegar a ella. Aunque la iniciativa no parta de Jesús - su objetivo declarado es llegar a Jerusalén - , en el relato es él el protagonista. Su palabra domina la escena.
El episodio tiene dos escenas. La primera narra con extrema brevedad la curación. A la entrada de un pueblo entre Samaría y Galilea, unos leprosos se acercan a Jesús. La enfermedad, terrible por el aspecto exterior y temible por el contagio que provoca, era vista como una maldición divina,, que imponía la total marginación ? social y religiosa ? de cuantos la padecían. De hecho, sólo a gritos y desde la lejanía, logran atraer la atención de Jesús. Los leprosos no piden sanar, sólo buscan compasión del rabino que pasa por el pueblo. Y Jesús les ordena hacer, aún no curados, lo que manda la ley a cuantos, ya limpios, deben dejarse readmitir en la vida de la comunidad: que sean los sacerdotes quienes reconozcan la sanación (Lv 14,1-4). Porque obedecen, pues, a Jesús y se ponen a caminar como si ya estuvieran sanos, lo estarán antes de presentarse a los sacerdotes: se curaron, mientras iban de camino. Jesús no les curó inmediatamente, porque necesitaba de su obediencia para dejarlos limpios. No fue, pues, la ley respetada sino la orden de Jesús cumplida lo que provocó la purificación.
La segunda escena se centra en uno solo de los leprosos, el único que regresó a Jesús ?cuando vio que estaba curado?. Anotando que era un samaritano, Lucas presenta intencionalmente al alejado, al despreciado, al extranjero como auténtico, y único, modelo de fe. Los demás no volvieron porque, quizá, habiendo ya cumplido con la ley, se habían reincorporado a la vida normal, recuperando familia y trabajo. El caso es que todos fueron ?sanados?, pero uno solo fue ?salvado?. Había regresado para alabar a Dios y agradecer a su sanador. Este segundo encuentro, en solitario y con dos buenas razones, le otorga lo que no había pedido, pensado siquiera, su ?salvación?. Y Jesús dictamina que ha sido su fe, es decir, su viaje de vuelta para dar gloria a Dios y a él las gracias, ha sido la causa.
Diez leprosos pidieron un día a Jesús compasión y obtuvieron la curación, cuando le obedecieron. Sólo uno de ellos alcanzó la salvación, el que tuvo la fe suficiente como para volver a dar gracias a Jesús y alabar a Dios. El samaritano fue él único que, encontrándose sano, reencontró a Dios.
II. MEDITAR: aplicar lo que dice el texto a la vida
El relato ejemplariza un preciso camino de fe que sólo un hombre supo recorrer hasta el final, el samaritano, un extraño. El episodio está sucintamente narrado.
Dirigiéndose a Jerusalén, Jesús atraviesa un pueblo. No va él esta vez en busca de oyentes para su evangelio ni de enfermos que curar. Pero no se desentenderá de quien grite su necesidad. Por ocupado que esté, se deja conmover por quien sufre necesidad. Quien, como él, camina hacia su pasión, siente compasión con el que ya está sufriendo. No se entiende muy bien que quien camina lleno de pasión por Dios, en pos de cumplir su voluntad por más que le cueste la vida, pueda ver sufrimiento y soledad y pasar, inmisericorde, de largo. Así no era Jesús.
Los diez leprosos que reclamaron compasión de Jesús no se le acercaron; respetando la ley, le hablaron a distancia, a gritos. La reacción de Jesús, en apariencia lógica, no lo fue tanto: les mandó comportarse como si ya se sintieran curados. Sólo cuando se pusieron en camino, lo fueron. Hace falta muy confianza, o una enorme ingenuidad, para cumplir con la ley ? presentarse a los sacerdotes ? cuando esta aún no obliga, sólo porque Jesús los ha obligado a hacerlo. No fue, pues, el cumplimiento de la ley sino la obediencia a Jesús lo que los sanó mientras iban de camino. Si una grave dolencia y la exclusión social en la que vivían los llevó a Jesús, sólo la confianza en él hecha ciega obediencia los devolvió la salud y a sus familias. Quién de nosotros se sienta ya bien, quién no se sufra de soledad, quien no tenga necesidad de compasión, ¿encontrará hoy razones para llamar la atención de Jesús y lograr que se fije en él? Si nuestros males ? físicos y morales ? más repugnantes nos pueden llevar a nuestro Salvador, ¿por qué maldecirlos? . De aquel pueblo por el que pasaba Jesús sólo sacaron provecho los que se sentían mal y eran maldecidos por su enfermedad.
Los diez obedecieron al maestro; los diez se reconocieron curados mientras iban de camino hacia el sacerdote. La necesidad compartida les hizo encontrarse con Jesús y, siguiendo sus instrucciones, recibieron idéntico don, la completa curación. Pero sólo uno regresa a agradecer la curación; sólo él es curado en su interior. Que sólo uno, el extranjero, volviera a dar las gracias le hizo digno de una curación mayor, aunque menos visible. Jesús devolvió a la convivencia a unos hombres, que no supieron mostrarle su agradecimiento. Por no ser capaces de hacer lo obvio, perdieron lo más importante. El reconocimiento público de los dones recibidos de Dios es la forma de creer que salva el corazón, no sólo la piel, del hombre. Sigue ocurriendo que los extraños sean más agradecidos, porque menos podrían esperar de Dios los dones que reciben; y siguen siendo los que muestran gratitud siendo curados de mayores males.
Que enfermos graves busquen de todos los modos a su alcance la curación y que pocos, si alguno, sean los que agradecidos que reconocen el bien que se les ha hecho, son hechos, lamentables sí, pero demasiado frecuentes. Lo sorprendente es el juicio de valor que, según Jesús, merece esta doble forma de reaccionar ante el bien que Dios les hizo. La mayoría ha quedado curada; uno sólo, salvado, por la fe demostrada. En realidad, el samaritano no ha hecho más que reconocerse curado, saberse agradecido con Dios y con Jesús y probándolo con un viaje de retorno movido por la gratitud. Pero Jesús ?lee? este camino hacia él que nace de la necesidad, no de pedir misericordia y salud, sino de dar alabanzas y gracias a sus benefactores como un acto de fe que salva.
No es infrecuente ? Jesús se lo pregunta con cierta sorpresa ? que los que saben merecer menos los dones de Dios, se muestren con El más agradecidos; ni que quienes más se creen con derechos a ser auxiliados, den por descontado que se les ?debe? el favor hecho. En el fondo, no logramos ser más creyentes porque nos falta no tanto confianza en el poder sanador de Dios sino capacidad para reconocerse agraciados por sus dones. Quien no se dirige a Dios más que para pedir, pronto perderá el gusto de volver a El, ni siquiera tener que agradecer será un buen motivo. Dios se nos está volviendo menos adorable, porque no nos volvemos a El llenos de agradecimiento. Quien sabe reconocer los dones recibidos ? sea una gran curación o una pequeña salvación ? sabe, sin mucho esfuerzo, ser creyente. La ?conversión? quizá hoy quizá más urge no es la de curarse del mal, sino la de volverse agradecidos por cualquier bien que Dios quiera darnos.
http://say.sdb.org/blogs/JJB/2010/10/07/domingo-xxviii-ano-c-lc-17-11-19
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Cuanto más agradecidos seamos, más bienes obtendremos. -y al decir "bienes" no me refiero sólo a cosas materiales-.
¿Cómo te sentirías si cuando le haces un regalo a un amigo, éste lo mira, pone cara de desilusión y dice: "esto ya lo tengo" o "me hubiera gustado otro color" o simplemente "no me gusta"?: seguramente no vas a tener el menor deseo de volver a hacérselo. Pero si por el contrario, adviertes que sus ojos brillan de alegría y se muestra complacido y agradecido, entonces cada vez que veas algo que supones que le gustaría, desearás regalárselo, independientemente de que le haga falta o no.
La GRATITUD produce más cosas por las que estar agradecido y aumenta la abundancia. La falta de gratitud y las quejas hacia tus semejantes produce tristezas, resentimientos, soledad y no permite que crezcas.
A los quejosos siempre les parece que hay pocas cosas buenas en su vida, y no disfrutan de lo que tienen, ni miran lo mucho menos que otros tienen. Solamente siguen quejándose, peleando, criticando contra aquellas personas que tal vez, o seguramente, son las únicas que los quieren de verdad.
¿No te ha ocurrido alguna vez, en la niñez o en la adolescencia que creías que el "bueno era el vecino, o un compañero de escuela, o un amigo circunstancial, y después de mucho tiempo te diste cuenta que ellos sólo querían complicarte la vida para que no fueras feliz, y que el verdadero cariño estaba entre tu familia o en el amigo de toda la vida que se había criado con vos?. ¡Que desilusión!, verdad?.
¿Pudiste tener la dicha de arrepentirte y pedir perdón?. Si pensamos que no tenemos una serie de cosas y que no seremos felices mientras no las tengamos, dejamos en suspenso la vida, es decir "dejamos de vivir", porque lo que el Universo oye es: "no tengo tal o cual cosa y no soy feliz", y eso es precisamente lo que conseguimos, lo que internamente estamos deseando, entonces es lo que el Universo nos devuelve.
Es por eso que desde hace mucho tiempo aprendí a decir: "Gracias Dios mío por todo lo que me diste: vida, salud, familia, poder para superar enfermedades, conocidos y desconocidos por conocer. Gracias, mil veces gracias porque me diste TODO: lo bueno y lo malo, y de esa manera pude disfrutar al máximo de todo lo que consideré bueno.
¿Y de lo malo? Ya me olvidé, o seguramente no tuve tiempo de ocuparme de él. De esta manera SOY MUCHÍSIMO MAS FELIZ, y además no me olvido de decir GRACIAS por lo mucho o poco que he conseguido. Me he dado cuenta también que al Universo le gusta mucho esa expresión, y constantemente recibo de su parte regalos maravillosos.
Al despertar por la mañana, lo primero que hago antes de abrir los ojos es permitirme dar las gracias por dejarme vivir un día más, no importa cómo: a veces sin dinero, con menos salud, sin trabajo, y algunos días desesperanzada, por que no?: yo también soy una persona de carne y hueso que ríe, llora, la defraudan, dice algunas veces malas palabras como cualquiera de ustedes, pero doy gracias al Universo ó a Dios ó a la Virgen como a Uds. más les guste por permitirme derramar una lágrima, porque el corazón me palpite, y porque los músculos se contraigan de rabia: de esta manera me doy cuenta que "estoy viva".
Esa es la VIDA: pasar por diferentes situaciones, sentimientos y estados de ánimo. Debemos ser agradecidos por lo que tenemos, sin importar la cantidad ni la calidad (seguramente tendremos un poquito más que otros).
El ser agradecidos en la vida NOS DA PODER. ¿Qué poder?, te estarás preguntando: El poder de convertir las dificultades en oportunidades, los problemas en soluciones, las pérdidas en ganancias y sobre todo de estar siempre rodeado de amigos que nos hacen feliz.
Te deseo que empieces a conseguir LO MEJOR para tu vida y la de tu familia. Ah!!! Y no te olvides de dar gracias por lo que tienes o por lo que estás por conseguir: INMEDIATAMENTE TRANSFORMARAS TU VIDA.
ANA MARÍA COLOMBO.
Seguimiento:
Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
- «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo:
- «Id a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios.
Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo:
- «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»
I. LEER: entender lo que dice el texto fijándose en como lo dice
Lucas recuerda un hecho casual acaecido durante la subida de Jesús a Jerusalén para presentarlo como una catequesis sobre la salvación y la vía para llegar a ella. Aunque la iniciativa no parta de Jesús - su objetivo declarado es llegar a Jerusalén - , en el relato es él el protagonista. Su palabra domina la escena.
El episodio tiene dos escenas. La primera narra con extrema brevedad la curación. A la entrada de un pueblo entre Samaría y Galilea, unos leprosos se acercan a Jesús. La enfermedad, terrible por el aspecto exterior y temible por el contagio que provoca, era vista como una maldición divina,, que imponía la total marginación ? social y religiosa ? de cuantos la padecían. De hecho, sólo a gritos y desde la lejanía, logran atraer la atención de Jesús. Los leprosos no piden sanar, sólo buscan compasión del rabino que pasa por el pueblo. Y Jesús les ordena hacer, aún no curados, lo que manda la ley a cuantos, ya limpios, deben dejarse readmitir en la vida de la comunidad: que sean los sacerdotes quienes reconozcan la sanación (Lv 14,1-4). Porque obedecen, pues, a Jesús y se ponen a caminar como si ya estuvieran sanos, lo estarán antes de presentarse a los sacerdotes: se curaron, mientras iban de camino. Jesús no les curó inmediatamente, porque necesitaba de su obediencia para dejarlos limpios. No fue, pues, la ley respetada sino la orden de Jesús cumplida lo que provocó la purificación.
La segunda escena se centra en uno solo de los leprosos, el único que regresó a Jesús ?cuando vio que estaba curado?. Anotando que era un samaritano, Lucas presenta intencionalmente al alejado, al despreciado, al extranjero como auténtico, y único, modelo de fe. Los demás no volvieron porque, quizá, habiendo ya cumplido con la ley, se habían reincorporado a la vida normal, recuperando familia y trabajo. El caso es que todos fueron ?sanados?, pero uno solo fue ?salvado?. Había regresado para alabar a Dios y agradecer a su sanador. Este segundo encuentro, en solitario y con dos buenas razones, le otorga lo que no había pedido, pensado siquiera, su ?salvación?. Y Jesús dictamina que ha sido su fe, es decir, su viaje de vuelta para dar gloria a Dios y a él las gracias, ha sido la causa.
Diez leprosos pidieron un día a Jesús compasión y obtuvieron la curación, cuando le obedecieron. Sólo uno de ellos alcanzó la salvación, el que tuvo la fe suficiente como para volver a dar gracias a Jesús y alabar a Dios. El samaritano fue él único que, encontrándose sano, reencontró a Dios.
II. MEDITAR: aplicar lo que dice el texto a la vida
El relato ejemplariza un preciso camino de fe que sólo un hombre supo recorrer hasta el final, el samaritano, un extraño. El episodio está sucintamente narrado.
Dirigiéndose a Jerusalén, Jesús atraviesa un pueblo. No va él esta vez en busca de oyentes para su evangelio ni de enfermos que curar. Pero no se desentenderá de quien grite su necesidad. Por ocupado que esté, se deja conmover por quien sufre necesidad. Quien, como él, camina hacia su pasión, siente compasión con el que ya está sufriendo. No se entiende muy bien que quien camina lleno de pasión por Dios, en pos de cumplir su voluntad por más que le cueste la vida, pueda ver sufrimiento y soledad y pasar, inmisericorde, de largo. Así no era Jesús.
Los diez leprosos que reclamaron compasión de Jesús no se le acercaron; respetando la ley, le hablaron a distancia, a gritos. La reacción de Jesús, en apariencia lógica, no lo fue tanto: les mandó comportarse como si ya se sintieran curados. Sólo cuando se pusieron en camino, lo fueron. Hace falta muy confianza, o una enorme ingenuidad, para cumplir con la ley ? presentarse a los sacerdotes ? cuando esta aún no obliga, sólo porque Jesús los ha obligado a hacerlo. No fue, pues, el cumplimiento de la ley sino la obediencia a Jesús lo que los sanó mientras iban de camino. Si una grave dolencia y la exclusión social en la que vivían los llevó a Jesús, sólo la confianza en él hecha ciega obediencia los devolvió la salud y a sus familias. Quién de nosotros se sienta ya bien, quién no se sufra de soledad, quien no tenga necesidad de compasión, ¿encontrará hoy razones para llamar la atención de Jesús y lograr que se fije en él? Si nuestros males ? físicos y morales ? más repugnantes nos pueden llevar a nuestro Salvador, ¿por qué maldecirlos? . De aquel pueblo por el que pasaba Jesús sólo sacaron provecho los que se sentían mal y eran maldecidos por su enfermedad.
Los diez obedecieron al maestro; los diez se reconocieron curados mientras iban de camino hacia el sacerdote. La necesidad compartida les hizo encontrarse con Jesús y, siguiendo sus instrucciones, recibieron idéntico don, la completa curación. Pero sólo uno regresa a agradecer la curación; sólo él es curado en su interior. Que sólo uno, el extranjero, volviera a dar las gracias le hizo digno de una curación mayor, aunque menos visible. Jesús devolvió a la convivencia a unos hombres, que no supieron mostrarle su agradecimiento. Por no ser capaces de hacer lo obvio, perdieron lo más importante. El reconocimiento público de los dones recibidos de Dios es la forma de creer que salva el corazón, no sólo la piel, del hombre. Sigue ocurriendo que los extraños sean más agradecidos, porque menos podrían esperar de Dios los dones que reciben; y siguen siendo los que muestran gratitud siendo curados de mayores males.
Que enfermos graves busquen de todos los modos a su alcance la curación y que pocos, si alguno, sean los que agradecidos que reconocen el bien que se les ha hecho, son hechos, lamentables sí, pero demasiado frecuentes. Lo sorprendente es el juicio de valor que, según Jesús, merece esta doble forma de reaccionar ante el bien que Dios les hizo. La mayoría ha quedado curada; uno sólo, salvado, por la fe demostrada. En realidad, el samaritano no ha hecho más que reconocerse curado, saberse agradecido con Dios y con Jesús y probándolo con un viaje de retorno movido por la gratitud. Pero Jesús ?lee? este camino hacia él que nace de la necesidad, no de pedir misericordia y salud, sino de dar alabanzas y gracias a sus benefactores como un acto de fe que salva.
No es infrecuente ? Jesús se lo pregunta con cierta sorpresa ? que los que saben merecer menos los dones de Dios, se muestren con El más agradecidos; ni que quienes más se creen con derechos a ser auxiliados, den por descontado que se les ?debe? el favor hecho. En el fondo, no logramos ser más creyentes porque nos falta no tanto confianza en el poder sanador de Dios sino capacidad para reconocerse agraciados por sus dones. Quien no se dirige a Dios más que para pedir, pronto perderá el gusto de volver a El, ni siquiera tener que agradecer será un buen motivo. Dios se nos está volviendo menos adorable, porque no nos volvemos a El llenos de agradecimiento. Quien sabe reconocer los dones recibidos ? sea una gran curación o una pequeña salvación ? sabe, sin mucho esfuerzo, ser creyente. La ?conversión? quizá hoy quizá más urge no es la de curarse del mal, sino la de volverse agradecidos por cualquier bien que Dios quiera darnos.
http://say.sdb.org/blogs/JJB/2010/10/07/domingo-xxviii-ano-c-lc-17-11-19
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Cuanto más agradecidos seamos, más bienes obtendremos. -y al decir "bienes" no me refiero sólo a cosas materiales-.
¿Cómo te sentirías si cuando le haces un regalo a un amigo, éste lo mira, pone cara de desilusión y dice: "esto ya lo tengo" o "me hubiera gustado otro color" o simplemente "no me gusta"?: seguramente no vas a tener el menor deseo de volver a hacérselo. Pero si por el contrario, adviertes que sus ojos brillan de alegría y se muestra complacido y agradecido, entonces cada vez que veas algo que supones que le gustaría, desearás regalárselo, independientemente de que le haga falta o no.
La GRATITUD produce más cosas por las que estar agradecido y aumenta la abundancia. La falta de gratitud y las quejas hacia tus semejantes produce tristezas, resentimientos, soledad y no permite que crezcas.
A los quejosos siempre les parece que hay pocas cosas buenas en su vida, y no disfrutan de lo que tienen, ni miran lo mucho menos que otros tienen. Solamente siguen quejándose, peleando, criticando contra aquellas personas que tal vez, o seguramente, son las únicas que los quieren de verdad.
¿No te ha ocurrido alguna vez, en la niñez o en la adolescencia que creías que el "bueno era el vecino, o un compañero de escuela, o un amigo circunstancial, y después de mucho tiempo te diste cuenta que ellos sólo querían complicarte la vida para que no fueras feliz, y que el verdadero cariño estaba entre tu familia o en el amigo de toda la vida que se había criado con vos?. ¡Que desilusión!, verdad?.
¿Pudiste tener la dicha de arrepentirte y pedir perdón?. Si pensamos que no tenemos una serie de cosas y que no seremos felices mientras no las tengamos, dejamos en suspenso la vida, es decir "dejamos de vivir", porque lo que el Universo oye es: "no tengo tal o cual cosa y no soy feliz", y eso es precisamente lo que conseguimos, lo que internamente estamos deseando, entonces es lo que el Universo nos devuelve.
Es por eso que desde hace mucho tiempo aprendí a decir: "Gracias Dios mío por todo lo que me diste: vida, salud, familia, poder para superar enfermedades, conocidos y desconocidos por conocer. Gracias, mil veces gracias porque me diste TODO: lo bueno y lo malo, y de esa manera pude disfrutar al máximo de todo lo que consideré bueno.
¿Y de lo malo? Ya me olvidé, o seguramente no tuve tiempo de ocuparme de él. De esta manera SOY MUCHÍSIMO MAS FELIZ, y además no me olvido de decir GRACIAS por lo mucho o poco que he conseguido. Me he dado cuenta también que al Universo le gusta mucho esa expresión, y constantemente recibo de su parte regalos maravillosos.
Al despertar por la mañana, lo primero que hago antes de abrir los ojos es permitirme dar las gracias por dejarme vivir un día más, no importa cómo: a veces sin dinero, con menos salud, sin trabajo, y algunos días desesperanzada, por que no?: yo también soy una persona de carne y hueso que ríe, llora, la defraudan, dice algunas veces malas palabras como cualquiera de ustedes, pero doy gracias al Universo ó a Dios ó a la Virgen como a Uds. más les guste por permitirme derramar una lágrima, porque el corazón me palpite, y porque los músculos se contraigan de rabia: de esta manera me doy cuenta que "estoy viva".
Esa es la VIDA: pasar por diferentes situaciones, sentimientos y estados de ánimo. Debemos ser agradecidos por lo que tenemos, sin importar la cantidad ni la calidad (seguramente tendremos un poquito más que otros).
El ser agradecidos en la vida NOS DA PODER. ¿Qué poder?, te estarás preguntando: El poder de convertir las dificultades en oportunidades, los problemas en soluciones, las pérdidas en ganancias y sobre todo de estar siempre rodeado de amigos que nos hacen feliz.
Te deseo que empieces a conseguir LO MEJOR para tu vida y la de tu familia. Ah!!! Y no te olvides de dar gracias por lo que tienes o por lo que estás por conseguir: INMEDIATAMENTE TRANSFORMARAS TU VIDA.
ANA MARÍA COLOMBO.
PRECIOSO, ¿no?
"LA FE MUEVE MONTAÑAS"
sabri.
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